sábado, 5 de mayo de 2012

Mañana voy a matar a un hombre.


He vuelto de nuevo a mi ciudad. Pensé que nunca más lo haría. Así es como debía ser, estaba en el guión y tuve que aceptarlo. No fue decisión mía igual que tampoco lo ha sido venir en ésta ocasión. De hecho sigo considerándolo una imprudencia y un grave error. ¿Por qué han decidido que yo debía ser el hombre? Por más que lo pienso no acabo de encontrarle sentido a la decisión. Pero otra de las cosas que se aprenden en los primeros días es a no preguntar. Alguien te informará de lo que es pertinente que sepas. Lo que no te cuenten es estúpido que trates de averiguarlo.
Pensé que no sentiría nada cuando me reencontrara con mi pasado. Han sido muchos años fuera, y pocas veces he pensado en lo que dejé aquí. Supongo que en el fondo todos tratamos de protegernos, y las emociones pueden pasarnos malas jugadas. Ni una carta de despedida, ni una lágrima, ni un abrazo. Solo Dios, si es que existe, puede saber el drama que dejé a mis espaldas. Ahora soy otro, pero la ciudad sigue siendo la misma.

Estaba en el piso repasando punto por punto el plan. Lo conozco de memoria y estaba seguro de que nada puede salir mal. En primer lugar porque nunca he fallado. Soy frío, metódico, eficiente al máximo. Miro las paredes del piso, casi vacías a excepción de dos láminas que cuelgan rompiendo la monotonía del blanco ennegrecido. Es un piso como todos los demás. Funcional, sin alma y sin humanidad. Desconozco cuántos han pasado por aquí antes que yo, ni las misiones que tenían asignadas. Pero todos estaban de paso, con su plan en la cabeza y sin tiempo ni ganas de dedicar un solo minuto a nada más. Pero uno de los cuadros ha conseguido distraerme un momento de mi único pensamiento. Recuerdo que ya lo he visto antes en otra parte, y no una vez, sino miles. Durante años he visto ese cuadro, creo que es de Dalí, y en él aparece un crucifijo a lo alto, con un cielo turbulento, de atardecer nuboso, con tonos rojizos crepusculares que siempre me provocaron cuando niño un sentimiento de melancolía. Bajo el crucifijo una pequeña barca de pescadores, barada en la playa. Es curioso que ese cuadro sea prácticamente lo único que decora la habiración, por lo demás carente de muebles y de cualquier otro elemento decorativo.
He pasado muchas horas en mi vida observandolo, ese era el cuadro que mis padres tenían en la cabecera de su cama. Y me está desconcertando, me trae recuerdos que llevaban demasiado tiempo desterrados. Yo también he sido niño, y tuve una familia que a su manera me quiso. No puedo evitar recordar las noches acostado en la gran cama de mis padres, junto a papá, que me contaba cuentos para hacerme dormir. Cada tres o cuatro le gustaba intercalar el de Juan Sin miedo, y a él le encantaba ambientar su relato con onomatopeyas y golpes en las paredes, para acentuar el sentido dramático de la historia.
Un pensamiento lleva a otro, se encadenan en una sucesión caprichosa, que responde a un orden indescifrable. Intento frenarlos, debo volver a lo mío. Pero no puedo. Es como si hubierda abierto la puerta del desván, y ahora los recuerdos salen a borbotones sin que pueda hacer nada por frenarlos. Cuando logro bloquear uno, dos más se cuelan por los flancos, se me meten por debajo de las piernas y me atormentan con agudas punzadas en el corazón. Segundo acto de irresponsabilidad por mi parte, decido dejarme llevar y experimentar esa sensación nueva para mí. Me recorre un cosquilleo de la cabeza hasta la punta de los pies, y luego vuelve a subir hasta la nuca. Son como impulsos eléctricos que me estremecen. Sé que no debo entregarme a éste tipo de placeres. Cuando las emociones entran en juego la razón se nubla, y las personas pueden acabar por hacer cosas de las que luego se arrepienten. Incluso se me pasa por la cabeza que mis padres seguramente sigan vivos, y en la misma casa en la que yo nací. Tal vez todavía duerman en la gran cama bajo el cuadro triste del crucifijo de Dalí. Para, eso si que no. Consigo frenarlo. Si lo hiciera sería el fin. El mío y el de muchos de mis compañeros.
No logro frenar los recuerdos que se agolpan en mi cabeza. Las tardes de verano en que mis padres nos sorprendían a mi hermana y a mí con la noticia de que ibamos a ir al parque de atracciones. Incluso puedo oler los filetes empanados que hacía mi madre, y las tortillas de patatas. Recuerdo los paseos por la casa de campo. Casi no nos montábamos en ninguna atracción, los tickets estaban contados, pero para mí esos paseos eran mágicos. Al anochecer cenábamos en el merendero. Mi padres sacaban sus latas de cerveza y para nosotros coca cola, sin cafeína que si no no dormíamos. Y tras la cena el espectáculo. ¿Por qué recuerdo precisamente esto? No lo se, pero descubro que estoy llorando. Mis párpados son incapaces de contener la balsa de lágrimas que amenaza con desbordarse. No puedo dejarme llevar hasta este punto, sé que es peligroso, pero no entiendo qué sucede. No puedo seguir en ésta habitación. Soy incapaz de volver al plan, ahora ni siquiera me importa. Vuelvo a ser el J. De hace veinticinco años. Esa persona que tenía olvidada, y no quiero compararla con quien soy ahora. No, ese J. No puede ver el submundo en el que éste J. Se mueve.
Me levanto del sofá y camino por la habitación. Pondría algo de música, o la tele, la radio, lo que fuera con tal de pensar en otra cosa y parar éstos malditos pensamientos. Vuelvo a ser débil y a estar indefenso. Vuelvo a necesitar estar bajo el amparo de mis padres. Necesito salir. Terecera imprudencia de la tarde.
Me pongo la chaqueta y salgo a la calle. Temo que la gente note en mí algo raro, debo de tener los ojos rojos tras haber estado llorando, y seguro que se me ve alterado. Si alguien se fija en mí por cualquier razón puede ser fatal. Trato de aparentar normalidad y busco las calles menos concurridas. Me doy cuenta de que estoy en la calle Menendez Pelayo. Me sorprende recordar detalles tan concretos de ésta zona. La fuente de los patos que tanto me gustaba de niño. Y un poco más adelante el hospital del Niño Jesús, donde estuvo mi hermana ingresada durante meses por un problema que a punto estuvo de llevársela para siempre. Pienso en ella y me derrumbo. Me siento en un banco y me tapo la cara con las manos, tratando de disimular mi estado. Cuando me recupero me levanto y comienzo a caminar a ritmo rápido, sin fijarme por dónde voy. Cruzo las calles mecánicamente. Me detengo en los semáforos sin pensar en lo que hago y me mezclo entre la masa. Entonces me doy cuenta de que hay mucha gente, me fijo más detenidamente y observo a familias y parejas. Muchos niños con los patinetes y las bicicletas que se dirigen al parque del Retiro. Voy con ellos. Cuarta imprudencia de la tarde. Allí voy a llamar la atención, alguien se fijará en mi y cualquier día estará viendo el telediario o entrará en la comisaría para renovarse el DNI, y dirá la frase fatídica. - ¡Yo he visto a ese hombre!
Aun así continúo caminando, dominado por las emociones y acumulando errores uno tras otro. Trato de mimetizarme con el ambiente, y me detengo en uno de los espectáculos callejeros que hacen tan típico al paseo del estanque. ¡Cuantas tardes he pasado allí sentado viendo los guiñoles o al inigualable "Malo Malísimo"! Me vienen a la cabeza Faemino y Cansado, los peces comelotodo que se tragaban hasta los lapos que escupíamos desde las barcas mis amigos y yo las tardes de verano. Recuerdo aquella vez que nos caímos haciendo el idiota intentando impresionar a un grupo de chicas que estaban en otra barca. Estuve deleitándome con esos recuerdos hasta que algo llamó mi atención y por primera vez desde que empezó todo, me situó en el presente. El artista, un hombre de mi edad más o menos, con un monociclo altísimo y ataviado con zapatitos rosas, medias rojas de rejilla, un tutú y un bombín en la cabeza para coronar el estrambótico conjunto. Curioso personaje. Me agrada. Es un hombre simpático, con desparpajo y muchas tablas con los niños. Hay un primer círculo que le rodea compuesto por niños sentados en el suelo, y un segundo círculo, más nutrido, de adultos que sonríen y aplauden sin parar los gags del artista. Yo tampoco puedo evitar sonreir. Realmente estoy disfrutando con la escena. No solo con el artista, sino observando el ambiente. Los niños metidos de lleno el el espectáculo. Los ayudantes sacados de entre el público, que participan de buena gana y se ríen con los comentarios jocosos que les dirige el hombre del monociclo. Hay muchas parejas jóvenes, abrazadas, que disfrutan viendo a sus hijos. Yo no soy como ellos, mi mundo no tiene nada que ver con ese.
En su momento elegí mi siniestro camino por amor. Volví a recordar que si me convertí en lo que soy fue para proteger a toda ésta gente, para que puedan continuar viniendo al retiro los domingos por la tarde y olvidarse de todo. Para que los niños puedan seguir siendo niños, ingenuos y sonrientes. Para que el curioso hombre del tutú pueda seguir ganandose la vida con su arte, sin horarios, sin jefes, sin ambiciones. Estoy seguro de que ellos, si llegaran a saber la verdad, me despreciarían. Yo sería, y soy, el malo de esta película, a pesar de que mi intención era la de ser el superheroe. Un don quijote moderno llevado a la acción por el romanticismo. En mis delirios me veo como un mártir, porque renuncié a todo lo bello de éste mundo para protegerlo, para que otros pudiesen seguir disfrutándolo. Y siento lástima de mí mismo porque tengo la certeza de que nunca podré vivir de la misma manera que ellos. Lo veo en sus ojos, en su mirada, en sus gestos. Son diferentes a mí, y al tipo de hombres, de ojos y de miradas que veo cada día en mi mundo. Una vez que presencias ciertas cosas, una vez que haces ciertas cosas, cruzas una línea que no tiene retorno. Sé que nunca podré casarme, tener hijos, formar una familia y salir un domingo al Retiro o una tarde de verano al Parque de atracciones.

Hoy me mezclo entre la gente y disfruto de lo que veo, aunque sé que estoy aquí de prestado, porque pertenezco a otro lugar, y cuando salga de éste estado de delirio, volveré a él para siempre. Me viene a la cabeza un libro que leí en mi adolescencia y que me marcó profundamente. Se llamaba "El Lobo Estepario". Su protagonista era Harry Haller, el lobo estepario. Una bestia salvaje y sensible al tiempo, que nada tenía que ver con el resto de humanos, porque en verdad era de otra especie. Estaba condenado a la soledad, y a ver el mundo sufriénndolo. A Harry le encantaba contemplar las casas acomodadas, a pesar de ser todo lo contrario a él. Disfrutaba con los hogares caldeados, acojedores, limpios y ordenados de las familias burguesas, aunque su mundo nada tenía que ver con ese. Y si recuerdo ese libro es porque en el parque me he sentido de esa manera. Disfrutando con las vidas felices y tranquilas de las familias y las parejas enamoradas un domingo en el parque. Aunque esa no es mi realidad y me estará vetado para siempre.
Ellos mañana volverán al colegio, a sus empleos, a su cotidianeidad rutinaria. Yo en cambio mañana voy a matar a un hombre. Esta es mi vida, mi cotidianeidad. Matar o morir. Cada día es una nueva partida en la que hasta ahora siempre he ganado. Sí, soy un asesino. Lo digo sin tapujos, porque ésto es de lo primero que se aprende cuando entras en la organización. Me lo dijo B. De una manera cruda y elocuente. - Lo que hacemos no tiene nada que ver con la justicia. No pretendemos ser mejores que las personas a las que ejecutamos. Ni siquiera confiamos en que nuestros actos vayan a hacer de éste un mundo mejor. La violencia solo enjendra violencia, y por eso nosotros nos arrastramos por las sombras, en los márgenes de la realidad. Nadie debe saber que existimos, los niños no deben ver nunca nuestra verdadera cara (mientras recuerdo éste punto no puedo evitar apartar la mirada, como si así fuera a evirar que algún niño pudiera por error ver dentro de mí) para no ensuciarse. Somos asesinos, esa es la verdad, y lo único que pretendemos es equilibrar la balanza del sufrimiento. Hay personas que generan mucho sufrimiento y mucho dolor a otras. Precísamente los que más dolor generan suelen ser también los más poderosos, y las leyes siempre les resbalan. Tienen la fea costumbre de irse de rositas, de continuar con sus felices vidas, de jugar con sus hijos y nietos, de acudir a las recepciones de la alta sociedad, de recibir medallas y premios como reconocimiento por sus labores para la sociedad. Bien, pues nosotros somos los encargados de hacerles sufrir. De repartir el dolor un poco mejor, ya que la riqueza parece que no va por ese camino. Y para hacer nuestro cometido el precio es alto. Pagamos con nuestra propia vida, con nuestra felicidad, con nuestra alma. Nos condenamos, pecamos, delinquimos con el único objetivo de provocar miedo y dolor a las personas que siempre se salen de rositas. Somos el viento divino-.

El espectáculo terminó, y decidí no echar dinero en el bombín. Es mejor quedarme al márgen. Anochece y vuelvo al piso, ya un poco más calmado. Pero supongo que por dentro hay algo que ha cambiado, porque estoy cometiendo el cuarto error de la tarde; coger papel y ponerme a escribir éstas páginas. Algo me dice que mañana las cosas no van a salir como está previsto.

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