sábado, 14 de julio de 2012

Los veinte de siempre. Crónica de las protestas frente a las sedes del PP, PSOE y Congreso


Tengo que comenzar éste escrito advirtiendo que estoy muy cabreado y profundamente decepcionado.
El gobierno conservador del Partido Popular lanzó el pasado miercoles una serie de propuestas de ley que suponen los más graves recortes sociales de los últimos tiempos. Teniendo mayoría absoluta en el Parlamento y en el Senado es evidente que dichas propuestas se convertirán en leyes.
Señores, que nadie se lleve a engaño. El Partido Popular representa los intereses de las clases dominantes, y de acuerdo a su ideología, a sus principios y a sus intereses de clase, está salvaguardando los privilegios de las clases acomodadas a costa de los trabajadores de éste país. Su talante es dictatorial y chulesco, como bien ha demostrado la infame hija del infame Fabra. Motivos para estar cabreados hay más que de sobra, y por eso cuando me enteré de que se habían convocado concentraciones de protesta frente a las sedes del PP, del PSOE y en el Congreso de los Diputados, no dudé ni un momento en acudir.
Al llegar a la calle Génova me encuentro con que la policía tiene encajonados a los cientos de concentrados en la acera, sin permitirles cortar la calle. El clima es de enfado total, y la gente no cesa de gritar y de silvar. Ninguna bandera de partidos ni sindicatos. Todo era gente que había acudido a título individual, convocada por las redes sociales de manera urgente y sin gran difusión. Un jubilado iba repartiendo carteles caseros que había estado preparando en su casa en contra de los recortes. Desde el primer momento me pareció una de las concentraciones más calientes a las que he asistido últimamente. No dejaba de llegar gente y al rato era evidente que no cabíamos en la acera y que dijera lo que dijese la policía ibamos a cortar la calle. Aunque al principio los antidisturbios reaccionaron poniéndose los cascos en señal de amenaza, supongo que recibieron órdenes de permitir el corte del tráfico y pudimos invadir la calle.
Me extrañó mucho ver que a pesar de la austeridad que predica el gobierno, un helicóptero de la policía estuviera sobrevolando la zona, a todas luces innecesario (todavía no soy capaz de entender el motivo), y con el elevado coste económico que supone.
Los concentrados estuvimos cerca de una hora cagándonos en la puta madre de quienes suelen ocupar las oficinas de la calle Génova, y cuando la policía comenzó a presionarnos les dejamos con tres palmos de narices dándonos la vuelta y marchando hacia la sede del PSOE en la calle Ferraz. A pesar de ser una concentración no autorizada, la policía cortó el tráfico a lo largo de todo el recorrido, y la marcha, que se había convertido ya en manifestación, encaró la calle Ferraz.
Al llegar allí nos encontramos con un cordón policial que cortaba el acceso al edificio donde se encuentra la sede del PSOE. Los manifestantes nos situamos en la calle Marqués de Urquijo y continuamos con los gritos. Entre los cánticos que se escuchaban destaco el "Te va a votar tu puta madre" dedicado al PSOE, y otros dedicados a la policía, en tono fraternal incitándoles a sumarse a la protesta. Decidí situarme en la primera línea, frente a la linea represora. Allí me mezclé con un grupo de bomberos de Madrid que llevaban camisetas con el texto "Bomberos Quemados", y unas cuantas personas más, que en ningún caso serían más de veinte, empeñados en cruzar la barrera que la policía interpuso entre los manifestantes y la sede socialista. Por momentos llegaron a los empujones y la policía les repelía amenazando con cargar. Los veinte de siempre increpaban al resto de manifestantes gritando - ¡Vamos todos, joder! ¡A por ellos! - Y a pesar de que el resto de manifestantes no tenía el menor interés de provocar enfrentamientos, y se mantenían a una distancia prudencial, ellos seguían erre que erre.
Señores, el objetivo de la concentración, y para lo que fuimos convocados, era protestar frente a las sedes de los partidos y en el Congreso, y eso era lo que estábamos haciendo. Nadie quería llegar a la sede del PSOE (que por cierto estaba vacía) y... ¿Asaltarla? ¿Saquearla y prenderle fuego después? La impresión que me dió era que los veinte de siempre disfrutan con los disturbios, liberan adrenalina y los provocan para divertirse. Yo les propondría que en lugar de aprovechar una concentración ciudadana, acudan el día de la semana que prefieran a la comisaría más cercana a su casa y seguro que un grupo de maderos estarán encantados de propinarles una buena tunda. Ellos me dirán ¿Qué derecho tienes tú a decirnos lo que debemos hacer o a censurarnos por expresar nuestra rabia de la manera que nos parezca? A lo cual yo les contesto con otra pregunta ¿Qué derecho tenéis vosotros a decidir en nombre de 3 ó cuatro mil personas que la concentración se convierta en una batalla campal?
Creo que desafiar a la policía fue necesario a la hora de cortar la calle, y lo hicimos. Creo que desafiar a la policía y enfrentarnos a ella será necesario cuando nuestro objetivo sea ocupar el Congreso, o cuando traten de impedirnos utilizar nuestro legítimo derecho a la protesta. Pero en este caso, ofenda a quien ofenda, hemos cometido el error de permitir que un insignificante grupo de exaltados camorristas actuara en nombre de todos. Y no es que me importe lo más mínimo que Telemadrid lo utilice para desacreditarnos. Lo que realmente me molesta es que acabemos a la gresca sin ningún sentido, cuando no era la voluntad de la mayoría.
Compañeros, debemos comenzar a trazar estrategias, a canalizar nuestra rabia de manera productiva, a congregar cada vez a más gente, a convencer con argumentos a quienes todavía creen las mentiras del gobieno. Y cuando tengamos que enfrentarnos al aparato represivo del Estado, que sea porque podemos ganar.
Salud y lucha!

miércoles, 11 de julio de 2012

Puxa Asturies! Crónica de la entrada en Madrid de la Marcha Negra.


Por fin el martes llegaron a Madird los mineros que llevaban catorce días caminando desde sus respectivas cuencas mineras. De Asturias, Aragón, Leon... Tras unas horas de descanso en un polideportivo de Cuidad Universitaria, entraron en la ciudad a las diez de la noche para hacer un recorrido por Princesa, Gran Vía y terminar en la Puerta del Sol. Yo me junté con un grupo de amigos y fuimos a darles la bienvenida a la Plaza de España. No se merecen otra cosa éstos héroes que están siendo capaces de darlo todo por defender su futuro y el de sus familias. Saben que éste no está en la minería, que la extracción de carbón tiene los días contados en España, pero no puede hacerse de ésta manera. La subvenciones iban a ir retirándose de manera progresiva y así lo pactó el gobierno con los sindicatos. Al tiempo que se abandonase la actividad minera debía irse creando un nuevo tejido económico que pudiera sustituírlo. Pero el actual gobierno no lo ha respetado, pretende retirar la subvención de un plumazo obviando los acuerdos firmados, y dejar a una gran cantidad de trabajadores, familias y comunidades sin medios de subsistencia.
Los mineros saben que están abocados a la extinción, y con ellos tal vez desaparezca también toda una forma de lucha obrera. Son un sector extraño dentro del actual tejido social y económico. Su sentimiento de clase, de comunidad, solidaridad y lucha es cosa rara en unos tiempos en que a cada trabajador le importa muy poco lo que pase a su vecino.
Por eso nos sentimos en la obligación moral de apoyarles, y allí estuvimos.
Aproximadamente a las doce de la noche aparecieron los primeros candiles en la lejanía, tan característicos de los cascos de los mineros. Eramos cientos de personas los que esperábamos en la plaza, y muchos más los que se apiñaban en la Gran Vía para hacer saber a los mineros que no están solos en ésto. Que sus problemas son los nuestros, y que todos juntos debemos solucionarlos. Porque aunque las autoridades de Madrid trataron de impedirles entrar por carretera (tuvo que ser el Tribunal Superior de Justicia quien obligara a la Comunidad de Madrid a cortar la autopista A5), la ciudadanía es otra cosa.
Me sorprendió ver que no eran sólo los doscientos mineros con sus familias y vecinos quienes componían la marcha, sino que iban acompañados de miles de personas que les habían recibido ya en Moncloa. Si me pongo en el pellejo de esos mineros, extenuados tras tantos días de marcha aunque con el ánimo bien alto, cuando pasaban ante miles de madrileños que les aplaudían y les gritaban cosas como "esta es nuestra selección", entiendo que les costara trabajo reprimir las lágrimas por la emoción. Delante de mi había una señora mayor que lloraba a lágrima viva ante el paso del reducido grupo de mineros, delimitado por un cordón que les hicieron los bomberos de Madrid. Al verla llorar fueron varios los mineros que se salieron del cordón para abrazarla y decirle que por favor no llorara porque ésto se iba a solucionar. En ese momento también yo me emocioné.
Tras el paso de la columna nos unimos a ella y juntos nos dirijimos hacia la puerta del sol.
Al pasar por delante de la sede del PSOE, situada en la Plaza del Callao, observamos una pancarta que colgaba de la fachada y que rezaba "Madrid apoya a los mineros". Inmediatamente comenzaron los silbidos y abucheos, junto con gritos de "PSOE, PP, la misma mierda es". ¿Quién se cree ya los discursos sociales e izquierdstas de Rubalcaba?
Cuando llegamos a la Puerta del Sol, a eso de la una y media de la madrugada, éramos ya miles de personas. El ambiente era impresionante, y nadie que no estuviera allí podrá entender la emoción que vivimos. No se paraba de cantar, gritar, aplaudir, mientras ellos, sentados en el suelo, cantaban Santa Bárbara, el himno de los mineros.
Para finalizar la noche dos mineros dijeron unas palabras a los congregados, haciendo saber que no se rendirían y dejando claro que ellos, los mineros, van a estar luchado junto a todos los sectores de la sociedad que se mueven por evitar los recortes y ataques contra la ciudadanía y la clase trabajadora. Los profesores, personal sanitario, funcionarios, parados, jubilados, etc.
Al concluír se emplazó a acudir a la manifestación del día siguiente, que recorrería el Paseo de la Castellana desde Colón hasta el Ministerio de Industria.

A las once en punto partió la manifestación bajo un sol de justicia pero con el ánimo, si cabe, más alto que la noche anterior. Había mucha más gente, allí estaba todo el mundo, desde los sindicatos mayoritarios hasta los más pequeños y combativos. Jóvenes y mayores, madrileños y aturianos, leoneses, vascos, castellanos que habían acudido en autobuses. El ambiente era ensordecedor, los petardos no paraban de sonar por todas partes. La marcha sucedía de manera totalmente pacífica y la presencia policial era, si no escasa, al menos poco visible.
Todo cambió al llegar a nuestro destino, el ministerio de industria. El edificio se encontraba vallado y custodiado por al menos una decena de furgones policiales. Unos cien metros más arriba estaba previsto decir unas palabras desde un escenario habilitado para tal efecto, y allí se situaron los líderes de los sindicatos mayoritarios junto a los mineros.
Pero la historia estaba en otro lado. Unos cuantos manifestantes se empeñaban en derribar las vallas del perímetro de seguridad del ministerio y algunos, pocos, comenzaron a lanzar objetos a la policía. El ambiente comenzó a ponerse tenso y enseguida supimos que aquello no podía acabar bien. En el escenario, a pocos metros, comenzaron los discursos, tratando de mantenerse ajenos al enfrentamiento que comenzaba entre manifestantes y policía. La manifestación había quedado cortada casi al principio de la misma, de manera que la mayoría de la gente se encontraba tras la gran brecha que ya se había creado en el Paseo de la Castellana. Tal y como temíamos comenzaron a aparecer grupos de antidisturbios desde las calles adyacentes y comenzaron a a cargar contra quienes trataban de invadir el perímetro de seguridad. Por momentos cundió el pánico entre unos manifestantes que ni deseaban que sucedieran actos violentos, ni estaban preparados para ellos. El sonido de las escopetas de la policía ahogaba los petardos de los manifestantes. Las pelotas de goma comenzaron a verse por los aires.
A mí personalmente me fastidiaba que todo aquello estuviera sucediendo y me negué a tomar parte en los enfrentamientos, pero quise estar cerca para observar lo que sucedía. La policía disparaba y lo hacía apuntando directamente al cuerpo de las personas, causando que en unos minutos varios manifestantes resultasen heridos. Yo pude ver a una señora de unos cincuenta años siendo atendida en un banco por el impacto de una de esas pelotas.
Tras una serie de escaramuzas, la manifestación quedó disuelta, y aunque de fondo podían oírse las voces de quienes tomaban la palabra en el escenario, casi nadie les hacía caso. Sabíamaos que en los telediarios aparecerían los incidentes y que una vez más eso no sería beneficioso para nadie salvo, tal vez, para el gobierno.
Quiero hacer una reflexión sobre lo que he visto ésta mañana. ¿Por qué empeñarse en provocar a unos policías que obedecen órdenes de sus amos y que van armados hasta los dientes? ¿Alguien en su sano juicio cree que podría derrotarlos? Y en el caso de que lo consiguieran ¿De qué serviría? Es posible que en determinadas circunstancias no quede más remedio que recurrir a la violencia, pero desde luego ésta mañana no era el caso. Yo que estaba allí tengo que decir que la policía no fue la que pegó primero. Ya sé que muchos lo estaban deseando, que son los perros del poder y que hay quien les tiene mucho asco. Pero debemos empezar a pensar de una manera más práctica, aceptar que en ésta lucha cada cual está haciendo su papel, tiene unas cartas y ha de jugarlas de la manera más inteligente. Desde luego a violencia no les vamos a ganar.

sábado, 5 de mayo de 2012

Mañana voy a matar a un hombre.


He vuelto de nuevo a mi ciudad. Pensé que nunca más lo haría. Así es como debía ser, estaba en el guión y tuve que aceptarlo. No fue decisión mía igual que tampoco lo ha sido venir en ésta ocasión. De hecho sigo considerándolo una imprudencia y un grave error. ¿Por qué han decidido que yo debía ser el hombre? Por más que lo pienso no acabo de encontrarle sentido a la decisión. Pero otra de las cosas que se aprenden en los primeros días es a no preguntar. Alguien te informará de lo que es pertinente que sepas. Lo que no te cuenten es estúpido que trates de averiguarlo.
Pensé que no sentiría nada cuando me reencontrara con mi pasado. Han sido muchos años fuera, y pocas veces he pensado en lo que dejé aquí. Supongo que en el fondo todos tratamos de protegernos, y las emociones pueden pasarnos malas jugadas. Ni una carta de despedida, ni una lágrima, ni un abrazo. Solo Dios, si es que existe, puede saber el drama que dejé a mis espaldas. Ahora soy otro, pero la ciudad sigue siendo la misma.

Estaba en el piso repasando punto por punto el plan. Lo conozco de memoria y estaba seguro de que nada puede salir mal. En primer lugar porque nunca he fallado. Soy frío, metódico, eficiente al máximo. Miro las paredes del piso, casi vacías a excepción de dos láminas que cuelgan rompiendo la monotonía del blanco ennegrecido. Es un piso como todos los demás. Funcional, sin alma y sin humanidad. Desconozco cuántos han pasado por aquí antes que yo, ni las misiones que tenían asignadas. Pero todos estaban de paso, con su plan en la cabeza y sin tiempo ni ganas de dedicar un solo minuto a nada más. Pero uno de los cuadros ha conseguido distraerme un momento de mi único pensamiento. Recuerdo que ya lo he visto antes en otra parte, y no una vez, sino miles. Durante años he visto ese cuadro, creo que es de Dalí, y en él aparece un crucifijo a lo alto, con un cielo turbulento, de atardecer nuboso, con tonos rojizos crepusculares que siempre me provocaron cuando niño un sentimiento de melancolía. Bajo el crucifijo una pequeña barca de pescadores, barada en la playa. Es curioso que ese cuadro sea prácticamente lo único que decora la habiración, por lo demás carente de muebles y de cualquier otro elemento decorativo.
He pasado muchas horas en mi vida observandolo, ese era el cuadro que mis padres tenían en la cabecera de su cama. Y me está desconcertando, me trae recuerdos que llevaban demasiado tiempo desterrados. Yo también he sido niño, y tuve una familia que a su manera me quiso. No puedo evitar recordar las noches acostado en la gran cama de mis padres, junto a papá, que me contaba cuentos para hacerme dormir. Cada tres o cuatro le gustaba intercalar el de Juan Sin miedo, y a él le encantaba ambientar su relato con onomatopeyas y golpes en las paredes, para acentuar el sentido dramático de la historia.
Un pensamiento lleva a otro, se encadenan en una sucesión caprichosa, que responde a un orden indescifrable. Intento frenarlos, debo volver a lo mío. Pero no puedo. Es como si hubierda abierto la puerta del desván, y ahora los recuerdos salen a borbotones sin que pueda hacer nada por frenarlos. Cuando logro bloquear uno, dos más se cuelan por los flancos, se me meten por debajo de las piernas y me atormentan con agudas punzadas en el corazón. Segundo acto de irresponsabilidad por mi parte, decido dejarme llevar y experimentar esa sensación nueva para mí. Me recorre un cosquilleo de la cabeza hasta la punta de los pies, y luego vuelve a subir hasta la nuca. Son como impulsos eléctricos que me estremecen. Sé que no debo entregarme a éste tipo de placeres. Cuando las emociones entran en juego la razón se nubla, y las personas pueden acabar por hacer cosas de las que luego se arrepienten. Incluso se me pasa por la cabeza que mis padres seguramente sigan vivos, y en la misma casa en la que yo nací. Tal vez todavía duerman en la gran cama bajo el cuadro triste del crucifijo de Dalí. Para, eso si que no. Consigo frenarlo. Si lo hiciera sería el fin. El mío y el de muchos de mis compañeros.
No logro frenar los recuerdos que se agolpan en mi cabeza. Las tardes de verano en que mis padres nos sorprendían a mi hermana y a mí con la noticia de que ibamos a ir al parque de atracciones. Incluso puedo oler los filetes empanados que hacía mi madre, y las tortillas de patatas. Recuerdo los paseos por la casa de campo. Casi no nos montábamos en ninguna atracción, los tickets estaban contados, pero para mí esos paseos eran mágicos. Al anochecer cenábamos en el merendero. Mi padres sacaban sus latas de cerveza y para nosotros coca cola, sin cafeína que si no no dormíamos. Y tras la cena el espectáculo. ¿Por qué recuerdo precisamente esto? No lo se, pero descubro que estoy llorando. Mis párpados son incapaces de contener la balsa de lágrimas que amenaza con desbordarse. No puedo dejarme llevar hasta este punto, sé que es peligroso, pero no entiendo qué sucede. No puedo seguir en ésta habitación. Soy incapaz de volver al plan, ahora ni siquiera me importa. Vuelvo a ser el J. De hace veinticinco años. Esa persona que tenía olvidada, y no quiero compararla con quien soy ahora. No, ese J. No puede ver el submundo en el que éste J. Se mueve.
Me levanto del sofá y camino por la habitación. Pondría algo de música, o la tele, la radio, lo que fuera con tal de pensar en otra cosa y parar éstos malditos pensamientos. Vuelvo a ser débil y a estar indefenso. Vuelvo a necesitar estar bajo el amparo de mis padres. Necesito salir. Terecera imprudencia de la tarde.
Me pongo la chaqueta y salgo a la calle. Temo que la gente note en mí algo raro, debo de tener los ojos rojos tras haber estado llorando, y seguro que se me ve alterado. Si alguien se fija en mí por cualquier razón puede ser fatal. Trato de aparentar normalidad y busco las calles menos concurridas. Me doy cuenta de que estoy en la calle Menendez Pelayo. Me sorprende recordar detalles tan concretos de ésta zona. La fuente de los patos que tanto me gustaba de niño. Y un poco más adelante el hospital del Niño Jesús, donde estuvo mi hermana ingresada durante meses por un problema que a punto estuvo de llevársela para siempre. Pienso en ella y me derrumbo. Me siento en un banco y me tapo la cara con las manos, tratando de disimular mi estado. Cuando me recupero me levanto y comienzo a caminar a ritmo rápido, sin fijarme por dónde voy. Cruzo las calles mecánicamente. Me detengo en los semáforos sin pensar en lo que hago y me mezclo entre la masa. Entonces me doy cuenta de que hay mucha gente, me fijo más detenidamente y observo a familias y parejas. Muchos niños con los patinetes y las bicicletas que se dirigen al parque del Retiro. Voy con ellos. Cuarta imprudencia de la tarde. Allí voy a llamar la atención, alguien se fijará en mi y cualquier día estará viendo el telediario o entrará en la comisaría para renovarse el DNI, y dirá la frase fatídica. - ¡Yo he visto a ese hombre!
Aun así continúo caminando, dominado por las emociones y acumulando errores uno tras otro. Trato de mimetizarme con el ambiente, y me detengo en uno de los espectáculos callejeros que hacen tan típico al paseo del estanque. ¡Cuantas tardes he pasado allí sentado viendo los guiñoles o al inigualable "Malo Malísimo"! Me vienen a la cabeza Faemino y Cansado, los peces comelotodo que se tragaban hasta los lapos que escupíamos desde las barcas mis amigos y yo las tardes de verano. Recuerdo aquella vez que nos caímos haciendo el idiota intentando impresionar a un grupo de chicas que estaban en otra barca. Estuve deleitándome con esos recuerdos hasta que algo llamó mi atención y por primera vez desde que empezó todo, me situó en el presente. El artista, un hombre de mi edad más o menos, con un monociclo altísimo y ataviado con zapatitos rosas, medias rojas de rejilla, un tutú y un bombín en la cabeza para coronar el estrambótico conjunto. Curioso personaje. Me agrada. Es un hombre simpático, con desparpajo y muchas tablas con los niños. Hay un primer círculo que le rodea compuesto por niños sentados en el suelo, y un segundo círculo, más nutrido, de adultos que sonríen y aplauden sin parar los gags del artista. Yo tampoco puedo evitar sonreir. Realmente estoy disfrutando con la escena. No solo con el artista, sino observando el ambiente. Los niños metidos de lleno el el espectáculo. Los ayudantes sacados de entre el público, que participan de buena gana y se ríen con los comentarios jocosos que les dirige el hombre del monociclo. Hay muchas parejas jóvenes, abrazadas, que disfrutan viendo a sus hijos. Yo no soy como ellos, mi mundo no tiene nada que ver con ese.
En su momento elegí mi siniestro camino por amor. Volví a recordar que si me convertí en lo que soy fue para proteger a toda ésta gente, para que puedan continuar viniendo al retiro los domingos por la tarde y olvidarse de todo. Para que los niños puedan seguir siendo niños, ingenuos y sonrientes. Para que el curioso hombre del tutú pueda seguir ganandose la vida con su arte, sin horarios, sin jefes, sin ambiciones. Estoy seguro de que ellos, si llegaran a saber la verdad, me despreciarían. Yo sería, y soy, el malo de esta película, a pesar de que mi intención era la de ser el superheroe. Un don quijote moderno llevado a la acción por el romanticismo. En mis delirios me veo como un mártir, porque renuncié a todo lo bello de éste mundo para protegerlo, para que otros pudiesen seguir disfrutándolo. Y siento lástima de mí mismo porque tengo la certeza de que nunca podré vivir de la misma manera que ellos. Lo veo en sus ojos, en su mirada, en sus gestos. Son diferentes a mí, y al tipo de hombres, de ojos y de miradas que veo cada día en mi mundo. Una vez que presencias ciertas cosas, una vez que haces ciertas cosas, cruzas una línea que no tiene retorno. Sé que nunca podré casarme, tener hijos, formar una familia y salir un domingo al Retiro o una tarde de verano al Parque de atracciones.

Hoy me mezclo entre la gente y disfruto de lo que veo, aunque sé que estoy aquí de prestado, porque pertenezco a otro lugar, y cuando salga de éste estado de delirio, volveré a él para siempre. Me viene a la cabeza un libro que leí en mi adolescencia y que me marcó profundamente. Se llamaba "El Lobo Estepario". Su protagonista era Harry Haller, el lobo estepario. Una bestia salvaje y sensible al tiempo, que nada tenía que ver con el resto de humanos, porque en verdad era de otra especie. Estaba condenado a la soledad, y a ver el mundo sufriénndolo. A Harry le encantaba contemplar las casas acomodadas, a pesar de ser todo lo contrario a él. Disfrutaba con los hogares caldeados, acojedores, limpios y ordenados de las familias burguesas, aunque su mundo nada tenía que ver con ese. Y si recuerdo ese libro es porque en el parque me he sentido de esa manera. Disfrutando con las vidas felices y tranquilas de las familias y las parejas enamoradas un domingo en el parque. Aunque esa no es mi realidad y me estará vetado para siempre.
Ellos mañana volverán al colegio, a sus empleos, a su cotidianeidad rutinaria. Yo en cambio mañana voy a matar a un hombre. Esta es mi vida, mi cotidianeidad. Matar o morir. Cada día es una nueva partida en la que hasta ahora siempre he ganado. Sí, soy un asesino. Lo digo sin tapujos, porque ésto es de lo primero que se aprende cuando entras en la organización. Me lo dijo B. De una manera cruda y elocuente. - Lo que hacemos no tiene nada que ver con la justicia. No pretendemos ser mejores que las personas a las que ejecutamos. Ni siquiera confiamos en que nuestros actos vayan a hacer de éste un mundo mejor. La violencia solo enjendra violencia, y por eso nosotros nos arrastramos por las sombras, en los márgenes de la realidad. Nadie debe saber que existimos, los niños no deben ver nunca nuestra verdadera cara (mientras recuerdo éste punto no puedo evitar apartar la mirada, como si así fuera a evirar que algún niño pudiera por error ver dentro de mí) para no ensuciarse. Somos asesinos, esa es la verdad, y lo único que pretendemos es equilibrar la balanza del sufrimiento. Hay personas que generan mucho sufrimiento y mucho dolor a otras. Precísamente los que más dolor generan suelen ser también los más poderosos, y las leyes siempre les resbalan. Tienen la fea costumbre de irse de rositas, de continuar con sus felices vidas, de jugar con sus hijos y nietos, de acudir a las recepciones de la alta sociedad, de recibir medallas y premios como reconocimiento por sus labores para la sociedad. Bien, pues nosotros somos los encargados de hacerles sufrir. De repartir el dolor un poco mejor, ya que la riqueza parece que no va por ese camino. Y para hacer nuestro cometido el precio es alto. Pagamos con nuestra propia vida, con nuestra felicidad, con nuestra alma. Nos condenamos, pecamos, delinquimos con el único objetivo de provocar miedo y dolor a las personas que siempre se salen de rositas. Somos el viento divino-.

El espectáculo terminó, y decidí no echar dinero en el bombín. Es mejor quedarme al márgen. Anochece y vuelvo al piso, ya un poco más calmado. Pero supongo que por dentro hay algo que ha cambiado, porque estoy cometiendo el cuarto error de la tarde; coger papel y ponerme a escribir éstas páginas. Algo me dice que mañana las cosas no van a salir como está previsto.

viernes, 30 de marzo de 2012

Medios de Comunicación y #29M

Ayer volvió a pasarme.
Indignado por la reforma laboral y los recortes sociales que tiene pensado hacer el gobierno, decidí salir a la calle para manifestarme (no puede hacer huelga porque estoy en el paro). Ya que no quería ir con UGT y CCOO porque son unos desgraciados vendidos y corruptos, busqué en internet alguna convocatoria diferente, y encontré una que hacían varios sindicatos y organizaciones (como CGT, CNT, Solidaridad Obrera...) y la apoyaba el 15M. Me pareció buena idea ir a esa, que salía desde Legazpi a las 7.
Al llegar allí me sorprendió la cantidad de gente que había. No quiero dar cifras, pero seguro que éramos miles. Pensé en cómo se habrían enterado todas esas personas de la manifestación, ya que ningún medio de comunicación (de los que yo había visto) había hablado de ella.
Hicimos el recorrido hasta Neptuno de lo más tranquilo, casi no vimos presencia policial, las batucadas tocaban, los megáfonos lanzaban consignas... También había gente vendiendo latas de cerveza, o más bien tendría que decir que intentaban venderlas, porque la mayoría de la gente les decía - Lo siento, amigo, pero hoy estamos en huelga y no se consume -. Eso me gustó mucho.
La sorpresa me la he llevado al mirar los periódicos por internet ésta mañana y leer las crónicas sobre la huelga y las manifestaciones. Resulta que todo fue un sueño, la manifestación en la que estuve ayer nunca existió. Y no es la primera vez que me pasa, porque en Mallorca también he vivido esa experiencia varias veces. ¿Es que estoy loco? Ya empezaba a pensar eso, o que me estaban haciendo luz de gas, cuando encontré en el El País y La Razón sendas notas hablando de unos disturbios que se habían producido en Barcelona, y ahí sí figuraban las siglas que había visto yo. CNT y CGT. Claro, la mani existió en aquellos lugares en los que hubo disturbios, pero si es pacífica... ¿Para qué hablar de ella?
Desde aquí quiero enviar un saludo a todas aquellas personas que piensan que los medios de comunicación son un fiel reflejo de la realidad.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Todo es mentira

¿Dónde estás, Príncipe Vagabundo?
Ya no soporto estar lejos de ti.
¿Andarás por algún lugar lejano, viendo y escuchando a las personas, aprendiendo de ellas, enseñandolas a vivir...?
¿Cómo puedes hacerlo? ¿Cómo consigues soportarlo?
Yo ya tuve mi tiempo, no espero más. Aprendí todo lo que pude. Me enseñaste a vivir, o al menos eso creía yo. Cuando les conozco... Cuando veo dentro de ellos... Sé que todavía no estoy preparado.
Me ahogo en un mundo de cartón piedra, en el que nada es lo que parece y peor aún, nada ni nadie es lo que dice ser.

En mi país decimos que hay democracia, pero no es cierto. Cuando leo y pienso sobre ese concepto, capto su esencia y me gusta. Un sistema que se rige por la suma de las voluntades de todos. Una comunidad de personas que se preocupan por formarse e informarse para así poder decidir qué es lo que más interesa para el bien común. Ciudadanos que respetan a los demás y desean que sean tan felices como ellos.
Un sistema en el que nadie queda excluído, en el que existe separación de poderes para garantizar, por ejemplo, la imparcialidad de la justicia.

Dicen que todos nacemos con los mismos derechos y obligaciones. Dicen que somos iguales ante la ley. Pero es mentira.
Cuando cierro el libro y salgo de casa veo lo diferente que es la realidad. Un país de ignorantes que piensan que son libres y que cada cuatro años votan para elegir a los candidatos que la tele les ofrece. Veo un país donde quien nace pobre morirá pobre. Quien tiene padres ignorantes será ignorante. Veo un país donde cada uno va a lo suyo, donde reina el sálvese quien pueda, donde sólo importo yo, mi familia y mis amigos. Y no puedo soportarlo.

Todo es mentira.

Dicen que existen los derechos humanos, universales e inalienables. Dicen que los países occidentales, como el mío, los defienden a conciencia y tratan de implantarlos por el mundo. Exportan democracia a los países atrasados en el mismo contenedor que las armas para que se exterminen.
Roban tierras a comunidades lejanas y les someten a la miseria y la muerte para conseguir a buen precio sus recursos naturales. Son los mismos que salen en la tele diciendo lo contrario. Y me da mucho asco, no puedo evitarlo.

La política no importa, me digo a veces. Hay que creer en las personas.
Entonces salgo al centro y me emborracho de multitud. Camino entre las mareas humanas y les observo. Casi nunca solos. En pareja algunos, en grupo los más. Les miro y parecen felices. Seguros de sí mismos. Nadie está triste, nadie tiene problemas, salvo quienes no pueden ocultarlos.

Cuando conozco a cada persona por separado y le doy tiempo a confiar y soltarse un poco... En cuanto paso unas horas con ellos escuchándoles me doy cuenta de lo lejos que cada uno está del personaje que representa cuando sale de casa.

Gente llena de traumas, de miedos y complejos, de frustración e infelicidad. Narcisismo burdamente maquillado.
Busco algo auténtico, algo que sea real y que me salve, pero no lo encuentro. Porque todo es mentira.

Algunas noches de soledad trato de buscar consuelo en La Biblia. Pienso que en un libro sagrado encontraré autenticidad y trato de observar la vida de Jesucristo.
Ahora sabemos que existió, aunque no está tan claro que hiciera y dijera todo lo que en los Evangelios se cuenta. Aun así representa los valores cristianos, y acumula en una sola persona todas las virtudes que los seres humanos deberíamos tener para poder alcanzar una sociedad feliz y justa.
Eso es auténtico.
Cuando cierro el libro todavía tengo en la cabeza la imagen conceptual de lo que Cristo representa. Por eso salgo al mundo y busco entre sus seguidores. Espero encontrar los valores cristianos, o al menos al voluntad sincera de llegar a conseguilos. Pero por supuesto la realidad es otra. ¿Quienes son hoy en día los guardianes de la fe? La iglesia Católica, el Opus Dei, los Legionarios de Cristo. Gente mentirosa, falsa, violenta, egoísta, insolidaria, que provoca o se aprovecha del mal ajeno para lograr riqueza y poder. Todo eso en nombre de Cristo. Y no lo sopoto.

Asqueado de todo decido evadirme y me junto con unos amigotes para irme de jarana y emborracharme. Pero descubro que eso también es falso. Más aún si cabe. Los anuncios de alcohol prometen grandes sensaciones, diversión y sexo desenfrenado. Pero cuando pido una copa en cualquier discoteca me encuentro que lo que me sirven no es alcohol, sino eso que llaman garrafón, que está malo y provoca diarrea y dolor de cabeza al día siguiente. También es mentira. Igual que las risas y las máscaras de la fauna humana de la noche, que al día siguiente amanecen resquebrajadas y resecas.

Todo es mentira, y no lo aguanto más.

La publicidad nos ofrece productos fantásticos, que nos harán la vida mucho más fácil. Coches seguros y veloces. Teles con calidad HD, desodorantes que atraen a las chicas por arte de magia. Relojes que nos harán parecernos a Rafa Nadal. ¡Detergentes que nos dejan la ropa más blanca!
Compramos porque queremos ser personas de éxito; deseamos tan desesperadamente ser amados que nos creemos las promesas de la publicidad. Aunque al final nunca se cumplan, seguimos creyendo en ellas.
Como ese viaje a Punta Cana, en el que pensabas que ibas a conocer la República Dominicana, pero solo conociste un hotel en el que sevían mojitos y los camareros iban vestidos de manera exótica. Un día trataste de salir a dar un paseo y el recepcionista te adviertió. No lo haga, salir del hotel sería demasiado peligroso. Quédese en la mentira porque la realidad puede matarle.

Definitivamente todo es mentira. Pero no desisto en mi búsqueda de lo auténtico, de la verdad.
Encontré en la biblioteca a un indio que hablaba sobre el Yoga. Se llamaba Suami Vishnu Devananda, y me impresionó. Durante días leí y pensé en las enseñanzas que aquel hombre había escrito, y me parecieron auténticas. Quería aprender más y encontré una escuela llamada Sivananda, que seguía sus enseñanzas y era la derivación de la escuela que Devananda fundó cuando llegó a occidente.
El precio de las clases era muy caro, pero pensé que merecía la pena pagarlo para que alguien me enseñara las cosas que un libro no puede. Me sometí a algunas privaciones de más y gracias a eso pude pagar la cuota de inscripción.
En la escuela olía a incienso, había mucha gente que como yo comenzaba y otros que ya hacía tiempo que practicaban. Ataviados muchos de ellos con las vestmentas típicas del Yoga. Grandes cuadros con las caras de los fundadores (reconocí a Suami) colgadas de las paredes. CD´s, libros, camisetas, incienso y té a disposición del cliente.
Pasaron los días y me di cuenta de que también era mentira. No veía relación entre lo que leí en El Libro del Yoga y lo que encontraba en las clases de la escuela. Tuve paciencia, continué asistiendo y gastando dinero, pero allí no había maestros ni pupilos, sino monitores y clientes. El yoga del libro es el ideal, lo auténtico, mientras que el yoga de la escuela es lo real, el sucedaneo.
Paradojicamente en la realidad está lo falso; en lo ideal lo auténtico.

Tú me dijiste, Príncipe Vagabundo, que si me mantenía despierto y alerta encontraría la verdad. Pues cuanto más abro los ojos menos me gusta lo que veo.

Y reflexionando sobre todo esto llego a una conclusión. El mundo en el que vivo es de mentira porque las personas que lo habitamos también lo somos. Ya no somos turistas solamente cuando viajamos. Somos turistas 24 horas al día. Tal vez sólo cuando dormimos dejamos de serlo. Tal vez sólo cuando estamos en intimidad y conscientes de nuestro malestar dejamos de serlo. Tal vez sólo cuando lloramos nos permitimos ser nosotros de verdad.

Una sociedad de turistas no quiere cosas auténticas, sino souvenirs y decorados para fotografiar. Camisetas que acrediten que has estado en ese país, o en el festival de Benicassim, o que haces Yoga o qué se yo.
La realidad duele, puede ser dura y violenta. Cuesta tiempo y esfuerzo llegar a conseguir las cosas auténticas, y por eso los turistas la desprecian. Cuesta menos parecer que eres algo que serlo de verdad. Lo que importa es lo que los demás piensen de nosotros. Eso es lo que somos de verdad. Por tanto ¿Qué importa que sea falso?
¿Alguien aceptaría a un maestro que le exigiera cambiar su modo de vida, desapegarse de lo material, llevar una disciplina? Muy pocos.

En cambio la escuela Sivananda, así como las demás, está llena de clientes. Porque sólo necesitas tener dinero para pagar la mensualidad. A partir de ahí nadie te exige, no tienes que sufrir ni trabajar duro. Puedes hacer Yoga sin esfuerzo, pero por supuesto hay que aceptar que ese Yoga es de mentira.
Quieres ir a Republica Dominicana, pero no te atreves a salir del hotel por si te pasa algo.
Quieres ver leones pero no quieres correr el riesgo de que te coman.
Quieres ser bohemio pero no quieres pasar hambre y frío.
Quieres estar en forma, pero no quieres salir cada día a correr al parque porque llueve y hace frío.
Quieres ser cristiano, pero no quieres hacer voto de pobreza ni poner la otra mejilla.
No quieres esforzarte cada día de la semana. Prefieres pagar para tenerlo aquí y ahora, aunque sea mentira.
Y como dijo aquel joven iraní... ¡Todos somos turistas!

P.D. No amo al hombre por lo que es, sino por lo que puede llegar a ser.

sábado, 10 de diciembre de 2011

ELENCO DE LA CHABOLA ERRANTE: Charles Baudelaire.

    Jodido poeta maldito, lunático inquilino de los abismos.
      Frecuentaste los vicios y padeciste las más grandes miserias humanas.
          Así, mediante tu exclusión de la sociedad, quisiste situarte por encima de ella.

      ¿Quién quiere ser triunfador en un mundo en el que el mediocre es adulado, el poderoso encumbrado a las cimas del arte, y la muerte venció hace rato su duelo a la inteligencia?

                       Maldito Baudelaire, tú lo sabías. Pero cometiste un error.        Menospreciaste a tu enemigo.
                                                            Palmaste.
      Ahora El Corte Inglés vende tus libros a los turistas. El suplemento cultural de El Mundo recomienda una antología de tus textos con motivo de algún absurdo aniversario.

      Fracasaste, amigo Charles. A pesar de haberte esforzado en vida por ser repugnante para ellos, tras tu muerte te reconocen.

                                  ¡Revuelvete en tu tumba, poeta traicionado!
                                      Has triunfado en el mundo de los ciegos.

      Las nuevas generaciones conocerán tu nombre, pero sólo como reclamo turístico del París bohemio. Inocuo, purgado, sin peligro.


         El Príncipe Vagabundo lo sabe, y algo ha aprendido de ti. A él no le pillarán, porque cuando desaparezca no dejará absolutamente ninguna palabra que pueda ser utilizada en su contra.

                                    ¡Qué feliz es aquel que no tiene nada!

domingo, 16 de octubre de 2011

CRONICA (S) DEL 15-O: ¡INDIGNAOS!

      Ayer por la tarde estuve en la manifestación del 15 – O en Madrid. Hace años que vivo fuera de la ciudad y no había asistido a las del 15M y 15J, por lo que me hacía ilusión ver qué pasaba en el foco de la indignación.
      Salí a las 17:00H desde mi barrio, uniendome a la llamada "columna noroeste" que bajaba desde San Blas. Ya de primeras me impresionó ver el grupo de unas 2.000 personas que bajaba ocupando toda la calle de Alcalá. Me uní a ellos y comencé a observar a la gente, supongo que en busca de "perroflautas". Pero no los encontré. No había ningún perro, ninguna rasta, y sí bastante gente joven, aunque también de todas las edades y de todos los estilos. Me gustó ver multitud de carteles y pancartas que no contenían nada más que lemas, unos más ingeniosos que otros, pero totalmente exentos de siglas, nombres de partidos, sindicatos o cualquier otra organización.
      Continuamos avanzando bajo un sol de justicia, cruzamos ventas y llegamos a la plaza de Manuel Becerra, donde se encontraba esperando un grupo de unas 200 personas con una pancarta que rezaba "asamblea popular de La Guindalera". Al paso de la columna, entre aplausos, vítores y el cantico de "de norte a sur , de este a oeste, la lucha sigue cueste lo que cueste" se unieron a nosotros. En ese momento no pude evitar emocionarme, se me puso la carne de gallina y empecé a corear con más fuerza los cánticos a favor de un sistema social más humano y en contra de la cada vez menos encubierta dictadura de los mercados.
       Me sentí de alguna manera hermanado con toda esa gente a la que no conocía de nada pero con la que estaba compartiendo algo a lo que se podría llamar comunidad.
      Cuando llegamos a la Puerta de Alcalá y nos disponíamos a encarar Cibeles nuestra columna se había triplicado por la cantidad de grupos que se habían unido por el camino. Al llegar encontramos la plaza abarrotada y las diferentes columnas que venían desde la Castellana y desde el Paseo del Prado que llegaban al mismo tiempo que nosotros.
       No me podía creer que hubiera tanta gente, tan diferente entre sí, tan pacífica, tan cívica. Y como mi cabeza no para nunca, comencé a pensar un par de cosillas. Una, que solo quienes estamos allí en ese momento sabemos lo que es el 15M. Es decir, la cantidad de personas que queremos que las cosas se hagan de manera diferente, y el tipo de personas que componen el movimiento.

      Al haber trabajado durante años en medios de comunicación conozco bastante bien cómo funcionan y la capacidad que tienen para magnificar, empequeñecer o desfigurar cualquier acontecimiento según les interese.
      Por poner un ejemplo: ayer al medio día estaba viendo el informativo de Antena 3 mientras comía. Dedicaron más de cinco minutos al derrumbe de las casas cueva de Almería, otros cinco a la erupción volcánica en Canarias, otros cinco al jugador del betis que quiere ser como Cristiano Ronaldo... Y 30 segundos mal contados a las manifestaciones mundiales del 15-O. Nadie podrá acusar a A3 de no dar la noticia, pero por el tiempo dedicado podemos interpretar la importancia de la que se la dota. Una nimiedad, que casi no llega al nivel ni de anecdótico.
       Continuando con mi modesto análisis de medios esta mañana me he metido en internet para ver lo que decía sobre la mani la prensa generalista.
      He comenzado por El País y me he encontrado un artículo destacado, como si dijeramos en portada, que hacía referencia al éxito masivo de las manifestaciones en España, y más concretamente en las de Madrid y Barcelona. Narran la crónica de la mani, lo que pasó en Sol, la performance, las pancartas en uno de los edificios de la plaza... Mas o menos lo que pudo ver quien allí estuvo. Diría yo que El País tiene una forma de manipulación más sutil.
       A primera vista parece que tratan el tema con objetividad y solo cuando lees más profundamente te das cuenta de que tratan de acercar el movimiento de indignados a los postulados de Rubalcaba o que reducen su programa reivindicativo a unas reformas leves del sistema electoral.
      Pero al no quedarme del todo satisfecho con la pieza de El País, quise ver qué decía un periódico diferente, y me metí en la página de La Gaceta. En su versión digital, el periódico de Intereconomía no habla del movimiento 15-O hasta muy abajo, y cuando lo hace sorprendentemente no habla de las manifestaciones de ayer, sino que dedica un artículo de opinión titulado "Indignados y antiglobalización: mismos perros distintos collares" a cargo de un tal Fernando díaz Villanueva. Y a continuación otro artículo cuyo titular dice "Un grupo de indignados ocupa un hotel abandonado en el centro de Madrid". Os recomiendo que leais ambos artículos con el estómago vacío para evitar males mayores. Yo personalmente, que estuve allí y conozco de cerca no solo este movimiento sino otros a los que el artículo define como extrema izquierda, no daba crédito a lo que leía. Un periodista ajeno a la realidad, frente al ordenador en la redacción del periódico inventándose una trama oscura sobre conspiraciones perroflauticas judeomasónicas, con una sonrisilla maligna en la boca y una idea en la cabeza. - Cómo le va a gustar esto a mi jefe. Si me piden un artículo que se cague en esta gentuza, yo me recago -. Vamos, que en La Gaceta el lema debe ser "Más papistas que el Papa".
       Y como última reflexión.
       ¿Es posible que alguien que lea este tipo de artículos se crea lo que ponen y adquiera una idea totalmente distorsionada de la realidad?
       La respuesta desgraciadamente es SÍ. 
       La siguiente pregunta sería. ¿La gente que se cree a pies juntillas lo que estos pseudoperiodistas les cuentan, es por profunda ignorancia e incapacidad de raciocinio o porque ideológicamente están metidos en su trinchera y la verdad les importa un bledo? ¿O tal vez porque son de ese pequeño y selecto grupo que se beneficia con el sistema tal y como está montado y por lo tanto no quieren ni de lejos que algo cambie? 
      La respuesta es: las tres respuestas son verdaderas.
      Conclusión. No es tan triste que tengamos periódicos y licenciados en periodismo del pelaje de LA Gaceta o Intereconomía como que haya una cantidad de personas de buen corazón que se dejan persuadir por ellos.