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lunes, 1 de octubre de 2012

Empoderamiento ciudadano


Antes de la democracia y de que la constitución reconociera a todos los individuos el estátus de ciudadanos, los derechos y libertades que hoy nos parecen "naturales" como el voto, reunión, libertad de expresión, etc, no existían más que para unos pocos privilegiados. Las clases populares no tenían derecho a intervenir en la vida política, ni siquiera de forma representativa. Eran oprimidos y siempre lo habían sido, ya fuese por el señor, el amo, el empresario, el rey o el obispo.
Estaban expuestos a una gran inseguridad y por eso los obreros, vecinos, estudiantes, artesanos, jornaleros desrollaron entre ellos fuertes vínculos y redes sociales, para protegerse y ayudarse unos a otros. Una desgracia sucedida a una familia del pueblo incumbía también a sus vecinos, que se volcaban en ayudar. Una desgracia sucedida a un obrero en la fábrica incumbía a sus compañeros, que se apresuraban a apoyarse (aunque los obreros fabriles conservaban la solidaridad como reminiscencia de un pasado cercano en el pueblo. La conciencia de clase la recuperó, pero la vida en las ciudades es un germen para el individualismo). La cultura popular era solidaria, tal vez por necesidad, tal vez por supervivencia.
Cuando a la cultura solidaria popular se le sumó una ideología emancipatoria como el socialismo, fue fácil que cristalizara en organizaciones de diversa índole, de manera que actuando juntos y coordinados, consiguieron un poder real que podían utilizar para mejorar sus vidas.
Cuando los obreros comenzaron a organizar las primeras huelgas, éstas no eran legales. Los obreros no tenían el derecho a organizarse en sindicatos ni convocar huelgas. El gobierno y los empresarios podrían decir en aquella época – Quéjense si quieren, pero deben respetar el marco legal, ¡no pueden saltarse las leyes a la torera! -. Si los obreros hubieran obedecido las leyes, tal vez hoy todavía tendríamos las condiciones laborales del S.XIX. Pero no lo hicieron. Desobedecieron, se enfrentaron a los palos, la cárcel y las balas para conseguir poner en pie una herramienta que en los años sucesivos ayudó enormemente al empoderamiento real de la clase trabajadora. Gracias a organizarse en sindicatos y a convocar huelgas, los obreros lograban intervenir en un área que hasta entonces era monopolio de los empresarios; la economía. En pleno auge del capitalismo industrial, los obreros eran capaces de detener la producción de forma indefinida. Evidentemente eso suponía un grave problema para el sistema capitalista que en esos años se basaba en la producción. Primero trataron de evitarlo utilizando su fuerza y la del Estado. Policía, pistoleros, represión, despidos... Pero las redes de los obreros, sus cajas de resistencia, apoyo mutuo y solidaridad, hacían frente con éxito a las agresiones estatales – empresariales. Los obreros, insignificantes individualmente o en pequeños grupos, tenían una fuerza descomunal al organizarse. Habían equilibrado la relación de fuerzas, se habían empoderado.
En los años siguientes la clase trabajadora consiguió muchas mejoras y derechos, no porque el gobierno se los concediera, sino porque conseguían arrancarlos. Habían logrado poder, y lo ejercían sin formar parte de gobiernos ni parlamentos.Crearon sus propias redes culturales, ateneos, escuelas libres, casas del pueblo, prensa, incluso estructuras económicas como colectividades y cooperativas.
La dictadura destruyó todas esas redes.
Con la llegada de la democracia, el Estado se asignó la misión de velar por los derechos alcanzados por los ciudadanos. Éstos sólo tenían que elegir a sus representantes en el parlamento, en los comités de empresas, en los consejos escolares, en las juntas municipales... De manera que las redes sociales ciudadanas, las organizaciones de base que constituyeron el poder real de los ciudadanos y que durante el franquismo trataron de sobrevivir en la clandestinidad, ya no tenían razón de ser. Se disolvieron y fueron sustituídas por organizaciones institucionalizadas de representantes. 
El poder real de los ciudadanos desaparece y se transforma en un poder transferido a quienes se supone que representan su voluntad.
Los años han demostrado que las organizaciones encargadas de representar los intereses colectivos no cumplen con su función. Ni los partidos políticos, ni los sindicatos (conviene recordar que sólo UGT y CCOO tienen el estátus de representativos a nivel nacional) son realmente democráticos aunque traten de aparentarlo, ya que las constitución les obliga (art. 6 y 7). Las bases son meras comparsas, y unas cúpulas áltamente burocratizadas deciden sin tener en cuenta más que sus propios intereses; fundamentalmente mantener cuota de poder.
Entonces los ciudadanos que antaño formaron grupos de base, quienes lograron enpoderarse y arrancar derechos, junto con sus descendientes nacidos ya en democracia y sin conocer otra cosa más que la representatividad, se desengañan. Exigen, no acabar con la democracia, sino más democracia, lograr ser tenidos en cuenta como en otra época lo fueron. Es decir, buscan empoderarse de nuevo, no metiendo a diputados en el parlamento, sino que los parlamentarios tengan que tenerles en cuenta para gobernar, nivelar la relación de fuerzas.
Lo que sucede es que cuando queremos hacer ésto nos encomtramos con una sociedad muy diferente de aquella que se empoderó gracias a sus vínculos y organizaciones. Porque el individualismo se ha impuesto de manera que pocos se sienten unidos a sus compañeros (no ya de oficina, sino trabajadores en general. No ya amigos de clase, sino estudiantes en general. No ya con el vecino de la puerta de al lado, sino con el barrio, etc). El vínculo social está roto y ha sido sustituído por la competitividad extrema entre nosotros. Puede que la clase obrera no exista ya tal y como la definió Marx, pero existe una diferencia fundamental entre quienes acaparan la propiedad privada, el capital, el poder económico, político e ideológico... Y aquellos que nacen con la obligación de vender su fuerza de trabajo (física o intelectual) para poder vivir.
Que no pueden siquiera decidir donde trabajan, sino aceptar el trabajo que se les ofrezca.
Que no tienen capacidad para decidir realmente sobre sus propias vidas y mucho menos sobre el rumbo del país, por mucho que la propaganda oficial nos diga lo contrario. 
El problema es que muchos nos lo hemos creído. Hemos asimilado la cultura, idología y argumentos de quienes tienen el poder, y creemos que para vivir mejor tenemos que competir con nuestro vecino en lugar de colaborar con él. El mercado ha colonizado todas las áreas que en su momento conquistaron los ciudadanos. Tanto la educación como los medios de comunicación, la economía, la cultura... Pertenecen al mercado.

La propaganda oficial es my poderosa y no para de repetir que democracia es votar, que si no estamos contentos cambiemos nuestro voto, que el estado de derecho no permitirá transgredir las normas, que los políticos son los representantes legítimos del pueblo, etc.
Pero no dicen que el poder real, aquel que no reside en el parlamento, lo acaparan otros grupos. Que los mercados, los grandes capitales, empresarios etc, se agrupan en lobbys, patronales y confederaciones sectoriales, y ellos no recurren al voto para conseguir lo que quieren. Tienen poder real y lo ejercen. Un poder real del que privan a los ciudadanos, y que muchos de nosotros nos lo negamos también o ignoramos siquiera la posibilidad de su existencia.
Por lo tanto el problema es doble.
      • Por un lado, los vínculos comunitarios están rotos, y los ciudadanos estamos mutando (como dijo Pasolini) en consumidores. Muchos ciudadanos no desean empoderarse, ni siquiera se lo plantean y si lo hacen no entienden para qué serviría. Ya hay otros – piensan ellos – que se encargan de éstas cosas. La política a los políticos. Yo lo que quiero es tabajo y recuperar mi nivel de vida. Comprar y consumir a tutiplen.
      • Por otro lado aquellos muchos que desean empoderarse de nuevo, están desorientados. Dan palos de ciego sin saber cómo adaptarse a la nueva realidad. Buscan las viejas organizaciones que en su momento sirvieron, pero éstas o no están o ya no son útiles. Piensan en nuevas formas de organizarse más allá de los paradigmas conocidos, pero esa es una difícil labor, y hasta ahora no se está consiguiendo satisfactoriamente.

SINDICATOS. En nuestro país existen muchos, algunos de ellos muy combativos, pero al igual que sucede con los partidos políticos, la representatividad de los trabajadores está institucionalizada en los sindicatos mayoritarios; UGT y CCOO. Al igual que sucede con PSOE PP en el ámbito de la política nacional, reciben prebendas y trato preferente por parte de la legislación, por lo que la libre competncia entre organizaciones queda totalmente viviada.
Con respecto a los grandes sindicatos, han perdido mucha fuerza debido a la desindustrialización, al auge del sector terciario, a la pérdida de la solidaridad y la conciencia de clase, la aumento de la población desempleada, a la división entre autónomos, temporales, fijos, funcionarios, precarios, subcontratados etc. Aparte hay que sumar los ataques que les han lanzado y les lanzan sistemáticamente desde el neoliberalismo político e ideológico con el fin de debilitar las organizaciones obreras para minar su resistencia en el proceso de desmantelamiento del Estado de Bienestar. A eso hay que sumar también la función reaccionaria que en demasiados casos hacen éstas organizaciones dentro y fuera de las empresas, tratando de conseguir votos en las elecciones a toda costa para que repercuta en delegados y representatividad (en mi pasado sindicalista he vivido las situaciones de listas pro empresas diseñadas por éstos sindicatos), y anteponiendo los intereses de sus organizaciones a los de la sociedad en general y la clase trabajadora en particular. A su pérdida del carácter revolucionario puesto que en el pacto social aceptaron el sistema capitalista, el crecimiento como máxima, la propiedad privada sin límites. Criticar el capitalismo sin criticar el crecimiento es una incoherencia.
El índice de afiliación es bajísimo, pero los trabajadores no se han desafiliado a los sindicatos para participar en otras organizaciones, sino que ha dado como resultado un vacío.

HUELGA: para convocar una huelga general, que es la única con fines emancipatorios globales, en primer lugar hay que contar (si no legalmente, sí de facto) con la convocatoria de las grandes centrales sindicales, y éstas sólo lo hacen cuando interesa a sus propios intereses. Aun así, cuando las convocan, tienen problemas para conseguir grandes índices de participación dado su gran desprestigio social.
Además la huelga es inasumible para muchos trabajadores que no pueden soportar económicamente más de uno o dos días sin salario.
En el sector servicios, la precariedad e inseguridad laboral hacen al trabajador mucho más vulnerable a las presiones del empresario. Al estar físicamente separados, los trabajadores no desarrollan el sentimiento de camaradería de las grandes inductrias (en la lucha de los mineros pude ver el último reducto de ese tipo de compañerismo y lucha abocado a la extinción).
Aunque la huelga lograra ser exitosa, hasta ahora en democracia no se ha convocado más de un día. Las leyes limitan mucho el derecho de huelga, ya que los servicios mínimos impiden que el país quede económicamente paralizado. Aunque supone perjuicio, las empresas se preparan para aguantarlo y al día siguiente paz y después gloria.

MANIFESTACIONES: al igual que sucede con el derecho a la huelga, que formalmente se reconoce pero en la práctica está capado, el derecho a manifestarse es similar. Primeramente, la debilidad de las organizaciones tradicionales dificultan la convocatoria masiva, el boicot de los medios de comunicación y su tergiversación de las causas e intereses ante la opinión público, priva a las manifestaciones populares de parte de su fuerza. Las leyes obligan a los manifestantes a respetar los lugares y límites que marcan las autoridades (que normalmente son el blanco de las manifestaciones), y el aparato represivo está siempre preparado para actuar implacablemente en cuanto alguien quebrante la normativa.
Aaun en el caso de que, como sucedió durante el movimiento 15M en 2011, se superen los obstáculos, el movimiento conecte con gran parte de la ciudadanía y se sucedan manifestaciones masivas... Aunque se pille a contra pie a los MMCC y no se atrevan a oponerse frontalmente al movimiento (al menos al principio, hasta que se recolocaron y contraatacaron destrozándolo a ojos de la opinión pública en cuestión de meses)... Su resultado es nulo. Es decir, las manifestaciones por sí solas no cambian realidades, no obligan a gobiernos a modificar su postura. Porque la tesitura en la que nos ponen es que si cumplimos las normas nos dejan manifestarnos, gritamos ante edificios vacíos y luego nos vamos sin cambiar nada. Si los ánimos se encienden y se decide a desobedecer, el aparato represor caerá con toda la fuerza de sus porras y pelotas de goma. Por lo tanto una manifestación es muy útil como comienzo, como pulso, como toma de contacto, como acumulación de energía. Pero una vez sucede hay que llevar esa energía hacia alguna parte, ya sea la revolución (si se consigue aglutinar a una parte importante de la población, cosa que es difícil enfrentándose al poder brutal de los MMCC) o la puesta en marcha de proyectos políticos ciudadanos de diversa índole. Si el 15M sacó a la calle a cientos de miles de personas sirve para calcular el potencial de participación y aceptación de proyectos.

En conclusión:
SINDICATOS: han de seguir existiendo, son una herramienta útil para lograr mejoras o más bien evitar agravios y ataques a los trabajadores tanto en las empresas como en las leyes. Pero ya no son las organizaciones que aglutinan a la mayoría de la población como sucedía con la clase obrera hace décadas.
HUELGAS: herramienta a seguir utilizando en las luchas sindicales y tal vez con carácter revolucionario si la situación de conflictividad social llega a ciertos límites y la gente está dispuesta a hacerla indefinidamente y saltandose las normas.
MANIFESTACIONES: útiles herramientas para tomar el pulso, para reunir fuerzas, pero mueren por sí solas si no se traducen en iniciativas que canalicen la energía.

sábado, 5 de mayo de 2012

Mañana voy a matar a un hombre.


He vuelto de nuevo a mi ciudad. Pensé que nunca más lo haría. Así es como debía ser, estaba en el guión y tuve que aceptarlo. No fue decisión mía igual que tampoco lo ha sido venir en ésta ocasión. De hecho sigo considerándolo una imprudencia y un grave error. ¿Por qué han decidido que yo debía ser el hombre? Por más que lo pienso no acabo de encontrarle sentido a la decisión. Pero otra de las cosas que se aprenden en los primeros días es a no preguntar. Alguien te informará de lo que es pertinente que sepas. Lo que no te cuenten es estúpido que trates de averiguarlo.
Pensé que no sentiría nada cuando me reencontrara con mi pasado. Han sido muchos años fuera, y pocas veces he pensado en lo que dejé aquí. Supongo que en el fondo todos tratamos de protegernos, y las emociones pueden pasarnos malas jugadas. Ni una carta de despedida, ni una lágrima, ni un abrazo. Solo Dios, si es que existe, puede saber el drama que dejé a mis espaldas. Ahora soy otro, pero la ciudad sigue siendo la misma.

Estaba en el piso repasando punto por punto el plan. Lo conozco de memoria y estaba seguro de que nada puede salir mal. En primer lugar porque nunca he fallado. Soy frío, metódico, eficiente al máximo. Miro las paredes del piso, casi vacías a excepción de dos láminas que cuelgan rompiendo la monotonía del blanco ennegrecido. Es un piso como todos los demás. Funcional, sin alma y sin humanidad. Desconozco cuántos han pasado por aquí antes que yo, ni las misiones que tenían asignadas. Pero todos estaban de paso, con su plan en la cabeza y sin tiempo ni ganas de dedicar un solo minuto a nada más. Pero uno de los cuadros ha conseguido distraerme un momento de mi único pensamiento. Recuerdo que ya lo he visto antes en otra parte, y no una vez, sino miles. Durante años he visto ese cuadro, creo que es de Dalí, y en él aparece un crucifijo a lo alto, con un cielo turbulento, de atardecer nuboso, con tonos rojizos crepusculares que siempre me provocaron cuando niño un sentimiento de melancolía. Bajo el crucifijo una pequeña barca de pescadores, barada en la playa. Es curioso que ese cuadro sea prácticamente lo único que decora la habiración, por lo demás carente de muebles y de cualquier otro elemento decorativo.
He pasado muchas horas en mi vida observandolo, ese era el cuadro que mis padres tenían en la cabecera de su cama. Y me está desconcertando, me trae recuerdos que llevaban demasiado tiempo desterrados. Yo también he sido niño, y tuve una familia que a su manera me quiso. No puedo evitar recordar las noches acostado en la gran cama de mis padres, junto a papá, que me contaba cuentos para hacerme dormir. Cada tres o cuatro le gustaba intercalar el de Juan Sin miedo, y a él le encantaba ambientar su relato con onomatopeyas y golpes en las paredes, para acentuar el sentido dramático de la historia.
Un pensamiento lleva a otro, se encadenan en una sucesión caprichosa, que responde a un orden indescifrable. Intento frenarlos, debo volver a lo mío. Pero no puedo. Es como si hubierda abierto la puerta del desván, y ahora los recuerdos salen a borbotones sin que pueda hacer nada por frenarlos. Cuando logro bloquear uno, dos más se cuelan por los flancos, se me meten por debajo de las piernas y me atormentan con agudas punzadas en el corazón. Segundo acto de irresponsabilidad por mi parte, decido dejarme llevar y experimentar esa sensación nueva para mí. Me recorre un cosquilleo de la cabeza hasta la punta de los pies, y luego vuelve a subir hasta la nuca. Son como impulsos eléctricos que me estremecen. Sé que no debo entregarme a éste tipo de placeres. Cuando las emociones entran en juego la razón se nubla, y las personas pueden acabar por hacer cosas de las que luego se arrepienten. Incluso se me pasa por la cabeza que mis padres seguramente sigan vivos, y en la misma casa en la que yo nací. Tal vez todavía duerman en la gran cama bajo el cuadro triste del crucifijo de Dalí. Para, eso si que no. Consigo frenarlo. Si lo hiciera sería el fin. El mío y el de muchos de mis compañeros.
No logro frenar los recuerdos que se agolpan en mi cabeza. Las tardes de verano en que mis padres nos sorprendían a mi hermana y a mí con la noticia de que ibamos a ir al parque de atracciones. Incluso puedo oler los filetes empanados que hacía mi madre, y las tortillas de patatas. Recuerdo los paseos por la casa de campo. Casi no nos montábamos en ninguna atracción, los tickets estaban contados, pero para mí esos paseos eran mágicos. Al anochecer cenábamos en el merendero. Mi padres sacaban sus latas de cerveza y para nosotros coca cola, sin cafeína que si no no dormíamos. Y tras la cena el espectáculo. ¿Por qué recuerdo precisamente esto? No lo se, pero descubro que estoy llorando. Mis párpados son incapaces de contener la balsa de lágrimas que amenaza con desbordarse. No puedo dejarme llevar hasta este punto, sé que es peligroso, pero no entiendo qué sucede. No puedo seguir en ésta habitación. Soy incapaz de volver al plan, ahora ni siquiera me importa. Vuelvo a ser el J. De hace veinticinco años. Esa persona que tenía olvidada, y no quiero compararla con quien soy ahora. No, ese J. No puede ver el submundo en el que éste J. Se mueve.
Me levanto del sofá y camino por la habitación. Pondría algo de música, o la tele, la radio, lo que fuera con tal de pensar en otra cosa y parar éstos malditos pensamientos. Vuelvo a ser débil y a estar indefenso. Vuelvo a necesitar estar bajo el amparo de mis padres. Necesito salir. Terecera imprudencia de la tarde.
Me pongo la chaqueta y salgo a la calle. Temo que la gente note en mí algo raro, debo de tener los ojos rojos tras haber estado llorando, y seguro que se me ve alterado. Si alguien se fija en mí por cualquier razón puede ser fatal. Trato de aparentar normalidad y busco las calles menos concurridas. Me doy cuenta de que estoy en la calle Menendez Pelayo. Me sorprende recordar detalles tan concretos de ésta zona. La fuente de los patos que tanto me gustaba de niño. Y un poco más adelante el hospital del Niño Jesús, donde estuvo mi hermana ingresada durante meses por un problema que a punto estuvo de llevársela para siempre. Pienso en ella y me derrumbo. Me siento en un banco y me tapo la cara con las manos, tratando de disimular mi estado. Cuando me recupero me levanto y comienzo a caminar a ritmo rápido, sin fijarme por dónde voy. Cruzo las calles mecánicamente. Me detengo en los semáforos sin pensar en lo que hago y me mezclo entre la masa. Entonces me doy cuenta de que hay mucha gente, me fijo más detenidamente y observo a familias y parejas. Muchos niños con los patinetes y las bicicletas que se dirigen al parque del Retiro. Voy con ellos. Cuarta imprudencia de la tarde. Allí voy a llamar la atención, alguien se fijará en mi y cualquier día estará viendo el telediario o entrará en la comisaría para renovarse el DNI, y dirá la frase fatídica. - ¡Yo he visto a ese hombre!
Aun así continúo caminando, dominado por las emociones y acumulando errores uno tras otro. Trato de mimetizarme con el ambiente, y me detengo en uno de los espectáculos callejeros que hacen tan típico al paseo del estanque. ¡Cuantas tardes he pasado allí sentado viendo los guiñoles o al inigualable "Malo Malísimo"! Me vienen a la cabeza Faemino y Cansado, los peces comelotodo que se tragaban hasta los lapos que escupíamos desde las barcas mis amigos y yo las tardes de verano. Recuerdo aquella vez que nos caímos haciendo el idiota intentando impresionar a un grupo de chicas que estaban en otra barca. Estuve deleitándome con esos recuerdos hasta que algo llamó mi atención y por primera vez desde que empezó todo, me situó en el presente. El artista, un hombre de mi edad más o menos, con un monociclo altísimo y ataviado con zapatitos rosas, medias rojas de rejilla, un tutú y un bombín en la cabeza para coronar el estrambótico conjunto. Curioso personaje. Me agrada. Es un hombre simpático, con desparpajo y muchas tablas con los niños. Hay un primer círculo que le rodea compuesto por niños sentados en el suelo, y un segundo círculo, más nutrido, de adultos que sonríen y aplauden sin parar los gags del artista. Yo tampoco puedo evitar sonreir. Realmente estoy disfrutando con la escena. No solo con el artista, sino observando el ambiente. Los niños metidos de lleno el el espectáculo. Los ayudantes sacados de entre el público, que participan de buena gana y se ríen con los comentarios jocosos que les dirige el hombre del monociclo. Hay muchas parejas jóvenes, abrazadas, que disfrutan viendo a sus hijos. Yo no soy como ellos, mi mundo no tiene nada que ver con ese.
En su momento elegí mi siniestro camino por amor. Volví a recordar que si me convertí en lo que soy fue para proteger a toda ésta gente, para que puedan continuar viniendo al retiro los domingos por la tarde y olvidarse de todo. Para que los niños puedan seguir siendo niños, ingenuos y sonrientes. Para que el curioso hombre del tutú pueda seguir ganandose la vida con su arte, sin horarios, sin jefes, sin ambiciones. Estoy seguro de que ellos, si llegaran a saber la verdad, me despreciarían. Yo sería, y soy, el malo de esta película, a pesar de que mi intención era la de ser el superheroe. Un don quijote moderno llevado a la acción por el romanticismo. En mis delirios me veo como un mártir, porque renuncié a todo lo bello de éste mundo para protegerlo, para que otros pudiesen seguir disfrutándolo. Y siento lástima de mí mismo porque tengo la certeza de que nunca podré vivir de la misma manera que ellos. Lo veo en sus ojos, en su mirada, en sus gestos. Son diferentes a mí, y al tipo de hombres, de ojos y de miradas que veo cada día en mi mundo. Una vez que presencias ciertas cosas, una vez que haces ciertas cosas, cruzas una línea que no tiene retorno. Sé que nunca podré casarme, tener hijos, formar una familia y salir un domingo al Retiro o una tarde de verano al Parque de atracciones.

Hoy me mezclo entre la gente y disfruto de lo que veo, aunque sé que estoy aquí de prestado, porque pertenezco a otro lugar, y cuando salga de éste estado de delirio, volveré a él para siempre. Me viene a la cabeza un libro que leí en mi adolescencia y que me marcó profundamente. Se llamaba "El Lobo Estepario". Su protagonista era Harry Haller, el lobo estepario. Una bestia salvaje y sensible al tiempo, que nada tenía que ver con el resto de humanos, porque en verdad era de otra especie. Estaba condenado a la soledad, y a ver el mundo sufriénndolo. A Harry le encantaba contemplar las casas acomodadas, a pesar de ser todo lo contrario a él. Disfrutaba con los hogares caldeados, acojedores, limpios y ordenados de las familias burguesas, aunque su mundo nada tenía que ver con ese. Y si recuerdo ese libro es porque en el parque me he sentido de esa manera. Disfrutando con las vidas felices y tranquilas de las familias y las parejas enamoradas un domingo en el parque. Aunque esa no es mi realidad y me estará vetado para siempre.
Ellos mañana volverán al colegio, a sus empleos, a su cotidianeidad rutinaria. Yo en cambio mañana voy a matar a un hombre. Esta es mi vida, mi cotidianeidad. Matar o morir. Cada día es una nueva partida en la que hasta ahora siempre he ganado. Sí, soy un asesino. Lo digo sin tapujos, porque ésto es de lo primero que se aprende cuando entras en la organización. Me lo dijo B. De una manera cruda y elocuente. - Lo que hacemos no tiene nada que ver con la justicia. No pretendemos ser mejores que las personas a las que ejecutamos. Ni siquiera confiamos en que nuestros actos vayan a hacer de éste un mundo mejor. La violencia solo enjendra violencia, y por eso nosotros nos arrastramos por las sombras, en los márgenes de la realidad. Nadie debe saber que existimos, los niños no deben ver nunca nuestra verdadera cara (mientras recuerdo éste punto no puedo evitar apartar la mirada, como si así fuera a evirar que algún niño pudiera por error ver dentro de mí) para no ensuciarse. Somos asesinos, esa es la verdad, y lo único que pretendemos es equilibrar la balanza del sufrimiento. Hay personas que generan mucho sufrimiento y mucho dolor a otras. Precísamente los que más dolor generan suelen ser también los más poderosos, y las leyes siempre les resbalan. Tienen la fea costumbre de irse de rositas, de continuar con sus felices vidas, de jugar con sus hijos y nietos, de acudir a las recepciones de la alta sociedad, de recibir medallas y premios como reconocimiento por sus labores para la sociedad. Bien, pues nosotros somos los encargados de hacerles sufrir. De repartir el dolor un poco mejor, ya que la riqueza parece que no va por ese camino. Y para hacer nuestro cometido el precio es alto. Pagamos con nuestra propia vida, con nuestra felicidad, con nuestra alma. Nos condenamos, pecamos, delinquimos con el único objetivo de provocar miedo y dolor a las personas que siempre se salen de rositas. Somos el viento divino-.

El espectáculo terminó, y decidí no echar dinero en el bombín. Es mejor quedarme al márgen. Anochece y vuelvo al piso, ya un poco más calmado. Pero supongo que por dentro hay algo que ha cambiado, porque estoy cometiendo el cuarto error de la tarde; coger papel y ponerme a escribir éstas páginas. Algo me dice que mañana las cosas no van a salir como está previsto.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Todo es mentira

¿Dónde estás, Príncipe Vagabundo?
Ya no soporto estar lejos de ti.
¿Andarás por algún lugar lejano, viendo y escuchando a las personas, aprendiendo de ellas, enseñandolas a vivir...?
¿Cómo puedes hacerlo? ¿Cómo consigues soportarlo?
Yo ya tuve mi tiempo, no espero más. Aprendí todo lo que pude. Me enseñaste a vivir, o al menos eso creía yo. Cuando les conozco... Cuando veo dentro de ellos... Sé que todavía no estoy preparado.
Me ahogo en un mundo de cartón piedra, en el que nada es lo que parece y peor aún, nada ni nadie es lo que dice ser.

En mi país decimos que hay democracia, pero no es cierto. Cuando leo y pienso sobre ese concepto, capto su esencia y me gusta. Un sistema que se rige por la suma de las voluntades de todos. Una comunidad de personas que se preocupan por formarse e informarse para así poder decidir qué es lo que más interesa para el bien común. Ciudadanos que respetan a los demás y desean que sean tan felices como ellos.
Un sistema en el que nadie queda excluído, en el que existe separación de poderes para garantizar, por ejemplo, la imparcialidad de la justicia.

Dicen que todos nacemos con los mismos derechos y obligaciones. Dicen que somos iguales ante la ley. Pero es mentira.
Cuando cierro el libro y salgo de casa veo lo diferente que es la realidad. Un país de ignorantes que piensan que son libres y que cada cuatro años votan para elegir a los candidatos que la tele les ofrece. Veo un país donde quien nace pobre morirá pobre. Quien tiene padres ignorantes será ignorante. Veo un país donde cada uno va a lo suyo, donde reina el sálvese quien pueda, donde sólo importo yo, mi familia y mis amigos. Y no puedo soportarlo.

Todo es mentira.

Dicen que existen los derechos humanos, universales e inalienables. Dicen que los países occidentales, como el mío, los defienden a conciencia y tratan de implantarlos por el mundo. Exportan democracia a los países atrasados en el mismo contenedor que las armas para que se exterminen.
Roban tierras a comunidades lejanas y les someten a la miseria y la muerte para conseguir a buen precio sus recursos naturales. Son los mismos que salen en la tele diciendo lo contrario. Y me da mucho asco, no puedo evitarlo.

La política no importa, me digo a veces. Hay que creer en las personas.
Entonces salgo al centro y me emborracho de multitud. Camino entre las mareas humanas y les observo. Casi nunca solos. En pareja algunos, en grupo los más. Les miro y parecen felices. Seguros de sí mismos. Nadie está triste, nadie tiene problemas, salvo quienes no pueden ocultarlos.

Cuando conozco a cada persona por separado y le doy tiempo a confiar y soltarse un poco... En cuanto paso unas horas con ellos escuchándoles me doy cuenta de lo lejos que cada uno está del personaje que representa cuando sale de casa.

Gente llena de traumas, de miedos y complejos, de frustración e infelicidad. Narcisismo burdamente maquillado.
Busco algo auténtico, algo que sea real y que me salve, pero no lo encuentro. Porque todo es mentira.

Algunas noches de soledad trato de buscar consuelo en La Biblia. Pienso que en un libro sagrado encontraré autenticidad y trato de observar la vida de Jesucristo.
Ahora sabemos que existió, aunque no está tan claro que hiciera y dijera todo lo que en los Evangelios se cuenta. Aun así representa los valores cristianos, y acumula en una sola persona todas las virtudes que los seres humanos deberíamos tener para poder alcanzar una sociedad feliz y justa.
Eso es auténtico.
Cuando cierro el libro todavía tengo en la cabeza la imagen conceptual de lo que Cristo representa. Por eso salgo al mundo y busco entre sus seguidores. Espero encontrar los valores cristianos, o al menos al voluntad sincera de llegar a conseguilos. Pero por supuesto la realidad es otra. ¿Quienes son hoy en día los guardianes de la fe? La iglesia Católica, el Opus Dei, los Legionarios de Cristo. Gente mentirosa, falsa, violenta, egoísta, insolidaria, que provoca o se aprovecha del mal ajeno para lograr riqueza y poder. Todo eso en nombre de Cristo. Y no lo sopoto.

Asqueado de todo decido evadirme y me junto con unos amigotes para irme de jarana y emborracharme. Pero descubro que eso también es falso. Más aún si cabe. Los anuncios de alcohol prometen grandes sensaciones, diversión y sexo desenfrenado. Pero cuando pido una copa en cualquier discoteca me encuentro que lo que me sirven no es alcohol, sino eso que llaman garrafón, que está malo y provoca diarrea y dolor de cabeza al día siguiente. También es mentira. Igual que las risas y las máscaras de la fauna humana de la noche, que al día siguiente amanecen resquebrajadas y resecas.

Todo es mentira, y no lo aguanto más.

La publicidad nos ofrece productos fantásticos, que nos harán la vida mucho más fácil. Coches seguros y veloces. Teles con calidad HD, desodorantes que atraen a las chicas por arte de magia. Relojes que nos harán parecernos a Rafa Nadal. ¡Detergentes que nos dejan la ropa más blanca!
Compramos porque queremos ser personas de éxito; deseamos tan desesperadamente ser amados que nos creemos las promesas de la publicidad. Aunque al final nunca se cumplan, seguimos creyendo en ellas.
Como ese viaje a Punta Cana, en el que pensabas que ibas a conocer la República Dominicana, pero solo conociste un hotel en el que sevían mojitos y los camareros iban vestidos de manera exótica. Un día trataste de salir a dar un paseo y el recepcionista te adviertió. No lo haga, salir del hotel sería demasiado peligroso. Quédese en la mentira porque la realidad puede matarle.

Definitivamente todo es mentira. Pero no desisto en mi búsqueda de lo auténtico, de la verdad.
Encontré en la biblioteca a un indio que hablaba sobre el Yoga. Se llamaba Suami Vishnu Devananda, y me impresionó. Durante días leí y pensé en las enseñanzas que aquel hombre había escrito, y me parecieron auténticas. Quería aprender más y encontré una escuela llamada Sivananda, que seguía sus enseñanzas y era la derivación de la escuela que Devananda fundó cuando llegó a occidente.
El precio de las clases era muy caro, pero pensé que merecía la pena pagarlo para que alguien me enseñara las cosas que un libro no puede. Me sometí a algunas privaciones de más y gracias a eso pude pagar la cuota de inscripción.
En la escuela olía a incienso, había mucha gente que como yo comenzaba y otros que ya hacía tiempo que practicaban. Ataviados muchos de ellos con las vestmentas típicas del Yoga. Grandes cuadros con las caras de los fundadores (reconocí a Suami) colgadas de las paredes. CD´s, libros, camisetas, incienso y té a disposición del cliente.
Pasaron los días y me di cuenta de que también era mentira. No veía relación entre lo que leí en El Libro del Yoga y lo que encontraba en las clases de la escuela. Tuve paciencia, continué asistiendo y gastando dinero, pero allí no había maestros ni pupilos, sino monitores y clientes. El yoga del libro es el ideal, lo auténtico, mientras que el yoga de la escuela es lo real, el sucedaneo.
Paradojicamente en la realidad está lo falso; en lo ideal lo auténtico.

Tú me dijiste, Príncipe Vagabundo, que si me mantenía despierto y alerta encontraría la verdad. Pues cuanto más abro los ojos menos me gusta lo que veo.

Y reflexionando sobre todo esto llego a una conclusión. El mundo en el que vivo es de mentira porque las personas que lo habitamos también lo somos. Ya no somos turistas solamente cuando viajamos. Somos turistas 24 horas al día. Tal vez sólo cuando dormimos dejamos de serlo. Tal vez sólo cuando estamos en intimidad y conscientes de nuestro malestar dejamos de serlo. Tal vez sólo cuando lloramos nos permitimos ser nosotros de verdad.

Una sociedad de turistas no quiere cosas auténticas, sino souvenirs y decorados para fotografiar. Camisetas que acrediten que has estado en ese país, o en el festival de Benicassim, o que haces Yoga o qué se yo.
La realidad duele, puede ser dura y violenta. Cuesta tiempo y esfuerzo llegar a conseguir las cosas auténticas, y por eso los turistas la desprecian. Cuesta menos parecer que eres algo que serlo de verdad. Lo que importa es lo que los demás piensen de nosotros. Eso es lo que somos de verdad. Por tanto ¿Qué importa que sea falso?
¿Alguien aceptaría a un maestro que le exigiera cambiar su modo de vida, desapegarse de lo material, llevar una disciplina? Muy pocos.

En cambio la escuela Sivananda, así como las demás, está llena de clientes. Porque sólo necesitas tener dinero para pagar la mensualidad. A partir de ahí nadie te exige, no tienes que sufrir ni trabajar duro. Puedes hacer Yoga sin esfuerzo, pero por supuesto hay que aceptar que ese Yoga es de mentira.
Quieres ir a Republica Dominicana, pero no te atreves a salir del hotel por si te pasa algo.
Quieres ver leones pero no quieres correr el riesgo de que te coman.
Quieres ser bohemio pero no quieres pasar hambre y frío.
Quieres estar en forma, pero no quieres salir cada día a correr al parque porque llueve y hace frío.
Quieres ser cristiano, pero no quieres hacer voto de pobreza ni poner la otra mejilla.
No quieres esforzarte cada día de la semana. Prefieres pagar para tenerlo aquí y ahora, aunque sea mentira.
Y como dijo aquel joven iraní... ¡Todos somos turistas!

P.D. No amo al hombre por lo que es, sino por lo que puede llegar a ser.

sábado, 10 de diciembre de 2011

ELENCO DE LA CHABOLA ERRANTE: Charles Baudelaire.

    Jodido poeta maldito, lunático inquilino de los abismos.
      Frecuentaste los vicios y padeciste las más grandes miserias humanas.
          Así, mediante tu exclusión de la sociedad, quisiste situarte por encima de ella.

      ¿Quién quiere ser triunfador en un mundo en el que el mediocre es adulado, el poderoso encumbrado a las cimas del arte, y la muerte venció hace rato su duelo a la inteligencia?

                       Maldito Baudelaire, tú lo sabías. Pero cometiste un error.        Menospreciaste a tu enemigo.
                                                            Palmaste.
      Ahora El Corte Inglés vende tus libros a los turistas. El suplemento cultural de El Mundo recomienda una antología de tus textos con motivo de algún absurdo aniversario.

      Fracasaste, amigo Charles. A pesar de haberte esforzado en vida por ser repugnante para ellos, tras tu muerte te reconocen.

                                  ¡Revuelvete en tu tumba, poeta traicionado!
                                      Has triunfado en el mundo de los ciegos.

      Las nuevas generaciones conocerán tu nombre, pero sólo como reclamo turístico del París bohemio. Inocuo, purgado, sin peligro.


         El Príncipe Vagabundo lo sabe, y algo ha aprendido de ti. A él no le pillarán, porque cuando desaparezca no dejará absolutamente ninguna palabra que pueda ser utilizada en su contra.

                                    ¡Qué feliz es aquel que no tiene nada!

miércoles, 23 de marzo de 2011

Me he apuntado a un club de lectura 2; saliendo del pozo

     Si has leído el post anterior, te preguntarás qué carajo tiene que ver el título con el contenido del texto. Te lo voy a aclarar.

    No me he apuntado a un club de lectura, sino a dos. Voy a uno los martes y al otro los miércoles. Ambos saben de la existencia del “otro”, así que no siento estar poniendo los cuernos a ninguno de los dos.

      Llegado al punto de soledad y desesperación en el que me dejé a mí mismo al final del anterior post, decidí empezar a hacer algo con mi vida. El primer requisito indispensable era abandonar el consumo de alcohol y estupefacientes. Limpiar la guarida y seguir el consejo que insistentemente me había dado mi madre hasta que dejó de hablarme. Pon en orden lo de fuera y se reflejará en tu interior. Así que manos a la obra.
      Siempre he pensado que la voluntad lo puede todo, y que cuando no logras llevar a cabo tu objetivo es porque no lo quieres de verdad. Puedes desear algo, creer que estás convencido de ello, pero en la realidad sólo lo estás en una capa superficial. En esos casos, serás presa de múltiples contradicciones y luchas internas, ya que la parte de la que eres consciente quiere caminar hacia una dirección mientras que las capas inconscientes (múltiples partes de tu personalidad que te influyen sin que lo sospeches) luchan por correr en sentido contrario.
      Al verme solo, rodeado de basura, botellas de vino vacías y restos de comida putrefacta por doquier... Atrapado en una espiral de autodestrucción que ya no podía llevarme a un punto más bajo, perdí el miedo a mí mismo. Es lo que se llama tocar fondo, no tener nada que perder. Y allí me encontré. Podría decir que me iluminé. Pasé varios días sin comer, porque ya ni siquiera me sentía capaz de salir de casa. Me compadecía de mí mismo y pasé días llorando como no lo hacía desde que era pequeño. Fue un llanto sincero, desgarrador, que muy al contrario de dejarme hundido y sin energía me dio una fuerza extraordinaria para salir del pozo que durante años me había estado cavando. Quedé tirado en el suelo del salón, extenuado, sin fuerzas ni para levantarme. No puedo decir cuánto tiempo pasé en ese estado como de letargo. Creo que fue mucho. Mi mente estaba tranquila, durante todo ese rato no me pasaron pensamientos por la cabeza. Estaba despierto, eso lo sé, pero de una manera extraña.

      Como si hubiera un resorte instalado al fondo, cuando lo alcancé en mi caída libre me disparó hacia arriba con más fuerza todavía. Puse a todos los fragmentos de mi personalidad en fila y me dispuse a pasar revista. Sin juzgar a ninguno de ellos pero observándoles bien para saber quién es cada uno, qué puede aportarme y cuales son sus necesidades. Todos los yo quedaron satisfechos y convencidos del camino que tenemos que seguir. Y en eso estamos.
      He decidido sinceramente caminar, hacer, conocerme, vivir, actuar.
Por eso no me ha costado ningún esfuerzo dejar de beber y de fumar. Ni siquiera le concedo a eso mérito alguno, ya que no me ha supuesto esfuerzo y según una máxima chejardiana, no tiene mérito alguno superar un problema en el que tú mismo te has metido.

      El primer paso fue limpiar mi guarida. Pasé tres días completos sacando bolsas de basura y trastos inservibles, fregando a fondo cada una de las habitaciones (vivo en un viejo y enorme piso del casco antiguo con renta barata y que dicho sea de paso llevo varios meses sin pagar), y así se me pasaron sin darme cuenta los días de dependencia física. No pensé en fumar ni en beber. Llegaba a la noche tan agotado que me quedaba dormido inmediatamente, y al despertar a la mañana siguiente, me sorprendía al encontrarme la casa en un estado bastante aceptable. La actividad frenética de los días de limpieza me ayudó a coger una dinámica que me vendrá de perlas para enfrentarme a los retos de mi nueva vida.
      En tres días la casa estuvo limpia, y pude salir a la calle, bien afeitado, aseado y con ropa limpia por primera vez desde que recuerdo ( el abuso de la marihuana me ha destrozado la memoria a medio y corto plazo). Caminé por las calles con la cabeza alta, sin vergüenza, sin sentirme inferior al resto de transeúntes con los que me cruzaba. ¡Cómo cambia el mundo dependiendo de la actitud con que lo mires! Ahora todo se me presentaba como fuente de oportunidades. Veía la belleza en cosas que hasta hacía una semana me habían parecido grotescas. Caminé hasta la catedral y me quedé allí un buen rato contemplando el horizonte. Tranquilo, respirando profundamente el fétido olor que emanaba del estanque del Parque del Mar y que en ese momento se me antojaba un olor placentero. Pensé en cuál sería el siguiente paso que daría en mi nueva vida.
      Buscar a mis iguales
¿Cómo?  ¿Dónde?
      Un jugador los buscará en el casino. Un putero en un burdel. Un deportista en el gimnasio. Un lector empedernido debe buscarlos en la biblioteca. Y hacia allí me dirigí.

Me he apuntado a un club de lectura 1; Underground Memoirs


      Llevo desde los catorce años leyendo sin parar, casi todo lo que cae en mis manos. A rachas me ha pegado por la novela underground, después por el ensayo sociológico y la filosofía, historia... Estuve un par de años sin leer narrativa porque no me interesaba; podía pasar un buen rato con ella, pero lo que buscaba en esa época era aprender. Leer a gente que había pasado toda una vida estudiando una materia y luego me la ponía ahí delante, expresada con palabras que yo podía entender.
      En verdad – ahora lo sé – lo que pretendía era diferenciarme del resto. Ser más que mis compañeros de clase. Poder expresarme con palabras que ellos no entendían y hablar de temas mucho más profundos que sus banales conversaciones de instituto.
      Siempre me había sentido diferente de mis iguales, y eso me había molestado durante mi infancia y primera adolescencia. ¡Sólo quería ser igual al el resto! Me esforzaba en hacer las mismas cosas que hacían los demás, en grupo. Empecé a salir con ellos a las discotecas. Todos disfrutaban frenéticamente con el baile y los estímulos del sexo opuesto. Todos menos yo. Traté de meterme en una tribu urbana y me junté con un grupo de raperos. Me vestía como ellos, escuchaba la misma música y fumaba los porros en el patio trasero de golosilandia. Eso es lo que hacen los chavales con necesidad de pertenecer a algo, de integrarse en un grupo. Pero en mi caso fue inútil. Me sentía estúpido y ridículo vistiendo igual que lo hacían todos los demás. Y la música rap... Por más que me esforzaba no lograba que me gustase. Supongo que mis pandilleros también se dieron cuenta de eso y así la ruptura no fue dramática. Nos separamos de mutuo acuerdo.
      Después de eso decidí aplicar la estrategia contraria. Si era diferente del resto, iba a diferenciarme pero de verdad, por arriba y no por abajo. Excluyéndoles yo a ellos en lugar de que el grupo me excluyese a mí. Y me refugié en la lectura y el conocimiento. No buscaba aprender lo que casi todo el mundo sabía, porque eso no tendría mérito. Yo buscaba aprender las cosas más extrañas, secretas, subterráneas. Poder hablar de escritores, de músicos, de culturas o de religiones que casi nadie conocía. Y así me fui quedando cada vez más aislado con mis gustos, que se iban formando de una manera tan solitaria, ecléctica y anormal que me iba siendo cada vez más difícil compartir con nadie. Sabía cosas que la mayoría ignoraba, y por contra tenía – y tengo – serias carencias respecto a lo que se suele denominar "cultura general".
Leí tanto, y de una manera tan poco estructurada que mi cabeza se llenó de ideas y conocimientos que no pude organizar adecuadamente. Metí la ropa interior en el horno, las pastillas para el dolor de cabeza en el buzón, cada CD de mi colección en la caja de otro, y muchos de ellos, cuando iba a buscarlos me encontraba con la funda vacía, o estaban tan rallados que enloquecía tratando de escucharlos. Todo mezclado. Nada en el lugar que le correspondía. Habitación desordenada. Desorden emocional.

      Y volví a la novela.

      En este momento estoy en una etapa extraña de mi vida. Desorientado. Solo. He perdido casi todo lo que tuve, incluso a mis amigos y a mi familia, que pensé que nunca podrían llegar a apartarse de mí. Aunque lo correcto sería decir que yo los he expulsado de mi lado. Golpe tras golpe acabas hundiendo a cualquiera. No puedo culparles por querer protegerse de mí. Ahora no sé quién soy. Me siento un animalejo incapaz de sociabilizarme, un pusilánime, un viejo que espera el final de su vida, un psicópata peligroso, hipocondríaco y carente de empatía.
       Algunas mañanas me despierto con una energía extraña, que no sé de dónde ha salido pero que me hace levantarme de la cama de un salto. Y me siento grande, fuerte, poderoso. Un genio, tocado por los dioses y llamado a hacer cosas importantes en mi vida. Algo por lo que seré recordado. Esa sensación me dura hasta la hora de comer. Después... Caigo de nuevo en el sopor, me doy cuenta de que para hacer algo grande hay que tener talento y yo carezco casi completamente de ello. Y entonces descorcho la primera botella de vino. Me lío el primer canuto de hierba. Y me precipito, en caída libre, hasta lo más bajo de mí mismo. Quiero dormir, solo eso. Soñar. Pensar en todas las cosas que haría. Soy un hombre de acción, un general, un atracador de bancos, un genial estratega. Pero solo en mi imaginación. Estoy colocado, y por eso, aunque sé que mi vida se va inutilmente, que mi potencial quedará anulado por mi indolencia, no me importa. 
Es lo que tiene el alcohol y la maría. Que cuando estás con ellos nada importa.

viernes, 11 de febrero de 2011

KRISHNAMURTI, EL GATO Y EL MIEDO

       Era el tiempo en que Krishnamurti, siendo adolescente, vivía todavía en la india.
Aún no había sido descubierto por la Sociedad Teosófica y convertido en el Vehículo del mundo. Al ensimismado y ocioso jovencito le gustaba pasear solo y contemplar las nubes, los árboles y a los animales. De la observación de la naturaleza extraía sus enseñanzas.

       Una soleada mañana asistió a un hecho que le hizo meditar durante largo rato. En una pequeña finca a la que había llegado buscando algo de fruta que le refrescara del caluroso día, había un pozo cuya parte superior estaba tapada con tablones para evitar que por accidente alguien pudiera caer en el agua.
Sobre las tablas se encontraba un gato gris, gordo y perezoso, tumbado plácidamente al sol. Había hecho del pozo su hogar.
Krishnamurti se sentó a cierta distancia del gato, bajo una higuera, y le observó en absoluto silencio. El gato era consciente de la presencia del joven pensador, pero no por ello cambió su posición sobre las tablas. Panza arriba se encontraba bien.
Allí se quedaron un rato, con el rumor de la brisa agitando las ramas y el insistente quejido de las chicharras ocultas en el pasto seco como únicos sonidos.

       Entonces apareció un perro por el otro lado de la finca. Era un ejemplar blanco y bastante grande, aunque se encontraba famélico y se le veía vagando sin ningún rumbo fijo, olisqueando aquí y allá en busca de algo que llevarse a la boca.
Krishnamurti observó que el gato se había dado cuenta de la presencia de un intruso en su territorio, pero el perro estaba todavía lejos y no suponía un peligro para él, que se encontraba a cierta altura sobre las tablas del pozo; por lo que continuó tumbado tranquilamene en la misma posición panza arriba.

       Pero el perro, en su infructuosa lucha contra el hambre y el aburrimiento, se fue acercando hacia la zona donde se encontraba el felino, y se detuvo a unos quince metros de éste, olisqueando lo que podría ser la madriguera de algún pequeño roedor.
Krishnamurti, oculto bajo la sombra de la higuera y cada vez más interesado por lo que estaba viendo, se dio cuenta de que por un momento las orejas del gato se habían puesto tiesas. Los sentidos le informaron de que su enemigo acérrimo se estaba acercando, pero como todavía estaba suficientemente lejos, se permitió continuar disfrutando de su baño de sol.
       Fue entonces cuando el perro se percató de la presencia del gato sobre el pozo, y se acercó moviendo el rabo para olisquearle. En ese momento el gato abandonó la relajada actitud que había tenido hasta entonces y se puso tenso. Erizado y bufando endiabladamente, suponía una imagen espeluznante y aterradora. Eso pensó Krishnamurti, y algo parecido debió observar el perro porque dio media vuelta y salió por donde había venido, sin intentar asaltar la fortaleza felina.

       Krishnamurti continuó un rato más sentado bajo la higuera meditando y diciéndose a sí mismo lo que muchos humanos podríamos aprender de los animales. Porque el gato, aun sabiendo que el perro estaba cerca y que podría suponer una amenaza para él, no modificó su actuación ni se puso tenso hasta que el perro se había acercado tanto que suponía un peligro real. En cambio los humanos sentimos miedo de riesgos que son posibilidades remotas o incluso ficticias, y nos atemorizamos tanto ante su idea que modificamos nuestra conducta para evitar los peligros que están en nuestra mente.

       He querido recordar ésta anécdota de Krishnamurthi porque en el próximo programa de La Chabola Errante hablaremos sobre el miedo, y el pensador que nació indio y murió sin nacionalidad será una de las figuras que nos acompañarán con sus enseñanzas.


domingo, 30 de enero de 2011

El GRITO - EDVARD MUNCH - LA BOHEMIA DE CRISTIANIA

      Nunca me he sentido atraído por el arte ni por el mundillo esnob y pedante de los artistas y sus acólitos.
Mi única experiencia con este mundillo es que cada año salgo la Nit del Art en Palma y me recorro las galerías bebiendome el vino gratis que ofrecen en cada una de ellas y cachondeandome de toda esa gente que, como yo, no tienen ni idea de arte pero que fingen disfrutar con la contemplación de las obras y se dedican a lucir palmito con sus mejores galas para encontrarse con conocidos y saludar a unos y a otros.

    Hace algunas semanas estuve charlando con una amiga a la que ultimamente veo poco porque la mar nos separa. Pica ama el arte. Lo vive intensamente. Me habló de un cuadro que yo había visto muchas veces pero que en el fondo no entendía. El Grito, de Edvard Munch. Me dijo lo siguiente:

      "Significa la desesperación de una persona que ya no puede aguantar más. Que se detiene y suelta un gran grito. Y tiene que taparse los oídos para no escuchar su propio alarido. Todo se estremece, incluso la naturaleza; el cielo y el mar se alteran por el grito del protagonista. En cambio hay dos personas que caminan al fondo totalmente ajenos e indiferentes al torbellino de sentimientos que se ha desencadenado a su alrededor".


Iba caminando con dos amigos por el paseo el sol se ponía - el cielo se volvió de pronto rojo - yo me pare - cansado me apoye en una baranda - sobre la ciudad y el fiordo oscuro azul no veía sino sangre y lenguas de fuego - mis amigos continuaban su marcha y yo seguía detenido en el mismo lugar temblando de miedo - y sentía que un alarido infinito penetraba toda la naturaleza”

Edvard Munch explicando los motivos que le llevaron a dibujar el cuadro. 






   
      Edvard Munch es el artista más famoso e internacional que ha dado Noruega. Su cuadro más conocido (El Grito) se ha convertido en un icono del siglo XX y XXI. Andy Warhol hizo una serie de obras POP basándose en telas de Munch. La revista Times lo ha sacado en portada para ilustrar el tema de los problemas psicológicos. Camisetas, tazas e incluso delantales con la imagen de El Grito.

      Edvuard Munch fue un hombre triste, propenso a la melancolía. José Antonio Marina dice que las personas melancólicas pueden serlo en parte por predisposición genética y en parte como causa de la educación y las experiencias vividas. En el caso de Munch se juntan las dos cosas. Su larga vida estuvo salpicada de crisis nerviosas, trastornos que hoy en día se llamarían bipolares y neuroastemia. Mientras que desde muy pequeño tuvo que enfrentarse con la dura experiencia de la muerte al perder a su madre a los cinco años y a una hermana poco después, ambas víctimas de la tuberculosis. Otra hermana tuvo que ser internada en un centro psiquiátrico (lo que confirma la parte genética de los trastornos de Munch). Mientras su padre, un hombre obsesionado por la religión y por el pecado le introdujo un opresivo sentimiento de culpa que le marcó la existencia.
Y es precisamente ésta personalidad melancólica la que como a otros muchos grandes artistas (como Kafka) era la fuente de su genio. Edvard Munch así lo creía.

      Desde muy pequeño vivó en Cristiania (la actual Oslo), capital de Noruega y capital también del movimiento artístico – bohemio del norte de Europa. Allí empieza a estudiar arte al tiempo que se relaciona con los grupos bohemios radicales (hoy serían llamados antisistema). Tuvo mucha amistad con Hans Jaeger, escritor de ideas anarquistas, autor de la novela "Un bohemio en Cristiania", que fue confiscada inmediatamente después de su aparición porque atacaba los valores burgueses, con su falsa complacencia y estrechez de miras.
      A finales del siglo XIX, con el triunfo de la revolución industrial y la sociedad mecanizada, se impone un nuevo tipo de sociedad que Munch y sus amigos bohemios rechazaban. No querían una sociedad subordinada a la economía, y usaban su arte para luchar contra ella.

      “Lo que esta arruinando el arte moderno es el comerció, al exigir que los cuadros se vean bien una vez que se los cuelga en la pared. No se pinta por el deseo de pintar......o con la intención de pintar una historia. Yo que fui a Paris hace siete años lleno de curiosidad por ver el salón y que estaba dispuesto a dejarme llevar por el entusiasmo, lo que sentí fue sólo repugnancia”

Si miramos su cuadro Atardecer en el paseo Karl Johann, de 1892, podemos hacernos una idea de lo que Munch pensaba de la burguesía (lo que hoy serían clases medias, jejeje).

Atardecer en el paseo Karl Johann

Los hombres con chisteras, las mujeres con elegantes sombreros, presos de sus propias convenciones y normas burguesas, exhalan una atmósfera de represión moral”

Palabras de Munch sobre el cuadro








      A los 22 años hace un viaje a París y allí descubre el arte impresionista. Empieza a practicar ese estilo, influído sobre todo por Gauguin. Pero con el paso de los años va sintiéndose encorsetado por las formas impresionistas y decide dar un giro a su estilo para romper con determinadas barreras y dar rienda suelta a la expresión de sus sentimientos. Influído por artistas como Van Gogh, acaba por crear un estilo propio que daría lugar al expresionismo. El Grito pretenece al ciclo llamado "El friso de la Vida" y pertenece a éste periodo de su obra. El nuevo estilo se basa en representar la subjetividad, el mundo visto desde el alma del autor. Y para ello utiliza colores fuertes y puros, y distorsiona y retuerce las formas para transmitir el ritmo de los sentimientos.

      En un principio su estilo no fue bien recibido por el público ni por otros artistas ni por los críticos. Sus exposiciones fueron muy polémicas. La primera que hizo en Berlín tuvo que ser retirada a la semana, pero precísamente la polémica le ayudó a darse a conocer y a tener oportunidad de exponer por toda Alemania.
Se convirtió en un artista conocido y fue pasando los años entre Berlín, París y Noruega, con sus habituales crisis nerviosas de por medio. En 1905 tuvo que ser internado para recibir tratamiento por neurastenia y alcoholismo.
      Con la llegada de los Nazis al poder sus obras fueron confiscadas por considerarlas "arte degenerado", y con la llegada de la II Guerra Mundial alcanzó éxito internacional al exponer por primera vez en los EEUU.
Murió cerca de Oslo en 1944 de la misma manera que había pasado sus ochenta años. Solo.
 

domingo, 16 de enero de 2011

NO TE ENFADES CON ELLOS

       Cuando el funcionario de la oficina del paro te diga que ya no tienes derecho a más ayudas porque has rechazado un trabajo denigrante y mal pagado a cincuenta quilómetros de tu casa... ¡No te enfades con él, sólo está haciendo su trabajo! ¿Acaso crees que el Estado va a permitir que sigas viviendo como un parásito a costa de los demás?

       Cuando el de recursos humanos de tu empresa te diga que te agradecen mucho los quince años que llevas trabajando para ellos sin haber faltado nunca, pero que mañana ya no hace falta que vayas porque están recortando personal... ¡No te enfades con él, sólo está haciendo su trabajo! ¿Acaso no sabes que las empresas están para sacar beneficios y no para hacer obras benéficas? ¿Y que por algo será si las leyes se lo permiten?

       Si un paparazzi acecha tu casa y viola tu intimidad para sacarte una foto in fraganti con tu nuevo amante para venderla bien cara en exclusiva a la revista HOLA... ¡No te enfades con él, sólo está haciendo su trabajo! ¿Tú crees que los fotógrafos viven del aire? ¿Acaso no sabes que hay miles de señoras deseando conocer tus intimidades?

       Cuando el agente judicial llame a tu puerta escoltado por la policía y te pida que abandones tu casa porque llevas cuatro meses sin pagar la hipoteca y ahora pasa a ser propiedad del banco después de cinco años... ¡No te enfades con ellos, sólo están haciendo su trabajo! ¿No te acuerdas de la letra pequeña del contrato que firmaste con el banco? ¿Acaso crees que se han hecho ricos regalando casas a los pobres diablos como tú?

       Cuando el policía municipal te pare por la calle y te obligue a vaciarte los bolsillos y te registre hasta encontrar ese porrillo que llevabas para después y te lo quite aparte de ponerte una buena multa... ¡No te enfades con él, sólo está haciendo su trabajo! ¿Es que no sabes que hay leyes muy claras sobre las drogas y que los policías tienen que hacerlas cumplir para que todos estemos más seguros?

       Cuando un señor gordo y trajeado, ojeroso y con acento italiano, te agarre en un callejón y te parta los dedos por haberte retrasado en el pago... ¡No te enfades con él, sólo está haciendo su trabajo! ¿No te das cuenta de que a él le duele más que a tí pero que tiene una familia a la que alimentar?

       Cuando unos señores extranjeros invadan tu pueblo y entren en tu casa para violar a tu mujer y a tus hijas delante de tí y luego te detengan por terrorista... ¡No te enfades con ellos, sólo están haciendo su trabajo! ¿Acaso no ves que ellos son los buenos y vosotros los malos, y por lo tanto a nadie le importa las atrocidades que os hagan?

martes, 4 de enero de 2011

El Príncipe Vagabundo Nació Muerto

       El Príncipe Vagabundo nació muerto.
       Yo no sé cuando nació ni dónde lo hizo, pero como todos los niños cuando son tirados a éste mundo, lloró.
Respiraba, los médicos diagnosticaron que era un niño sano, y aprendió a andar. Y después a hablar, como todos los niños. Tenía un nombre por el que le llamaban sus padres, y sus amigos, y también los profesores en el colegio. Pero eran un nombre muerto, que no significaba nada.
      Algunas veces el Príncipe conseguía vivir un poco, jugando a las chapas con los otros niños, o mirando las estrellas tumbado panza arriba en la mesa de piedra del jardín. Así conseguía sentir un cosquilleo en el pecho que le hacía pensar que vivía. 
      Pero esa sensación pronto desaparecía. Se hacía tarde y tenía que volver al mundo de los adultos. Abandonaba la vida apenas saboreada para volver a un lugar que alguien con muy poca imaginación había creado para nosotros. Un río de peces muertos, que flotando inertes en el agua se dejan llevar a lo largo del cauce, hasta un final en el que no hay nada más que la inmensidad del océano y la podredumbre.
      Sólo cuando el Príncipe cumplió diecisiete años empezó a vivir. Escuchando su interior; entendiendo cuándo y por qué experimentaba ese cosquilleo que le oprimía el pecho y al que él llamaba vida.
      Así comenzó a ser quien realmente es. 
      Tuvo que desaprender todo lo que le habían enseñado en la escuela, la iglesia, la familia. Como quien tira los libros viejos de Corín Tellado para dejar hueco a las grandes obras quie están por venir. Se liberó de toda la basura que llenaba su cabeza y así quedó a salvo de las cadenas invisibles que le oprimían.
      Ahora está otra vez rodeado de basura. Pero ya no está dentro de él, sino afuera. 
   Por eso es el Príncipe Vagabundo.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

LO QUE VES ES LO QUE SOY

      Manuela era una niña afortunada. Había nacido en la parte del mundo en la que no se pasa hambre. Además le tocó una familia adinerada, y unos padres que la trataban muy bien. Nunca faltó en su casa el más suculento manjar, ni el juguete que pidiera. Sus padres la apuntaron en el mejor de los colegios, para que aprendiera a relacionarse con los de su clase social y además aprendiera idiomas.

      Desde muy pequeña todos daban la enhorabuena a sus padres por haber tenido una hija tan guapa. Sus grandes ojos negros contrastaban con la palidez de su cara. Parecía una muñeca de porcelana.
      Y a medida que Manuela crecía su belleza no mermaba, sino todo lo contrario. Era admirada, envidiada y deseada por quienes la rodeaban. Tenía todo lo que cualquiera podía querer para ser feliz.
Sólo había un pero. Algo que sólo un observador muy avispado podía percibir, pero que no por sutil dejaba de estar ahí. Era una pequeña mota de melancolía en sus ojos, algo que la mayoría de la gente interpretaba como profundidad o interés en la mirada. Un detalle que si cabe la hacía más atractiva a ojos de la gente.
Pero ella pronto se dio cuenta de lo que era. No sabía si se trataba de una virtud o de un defecto, pero no le permitía disfrutar de todo lo que tenía.

Manuela era capaz de ver lo que había detrás de las cosas.

       A los doce años se manifestó por primera vez. Descubrió que su familia era rica pero que había otra mucha gente que era pobre. Vio que detrás de su abundancia estaba la carencia de otras personas, y desde entonces ya no pudo disfrutar del gran jardín de su casa, ni de los viajes al Pirineo para esquiar. Cuando le regalaban una muñeca, o una bicicleta nueva, o un caro vestido, Manuela no podía dejar de pensar en cuántos niños tenían que pasar hambre y frío para que ella tuviera todo eso.

       Desde entonces las cosas que para otros eran bonitas para ella se convertían en odiosas, porque veía su cara oscura.
Cuando se hizo más mayor abandonó el colegio privado y se rodeó de un grupo de amigos de clase más modesta. Quería compartir su dinero con ellos y empezó a tener relaciones con chicos, pero tras los cariños y promesas que le hacían, ella siempre veía el interés material, el deseo de sexo. Sabía que no se le acercaban viéndola como un fin, sino como un medio para conseguir placer, dinero, prestigio. Cuando una amiga le invitaba a dormir en su casa y hablaban de chicos ella no podía evitar darse cuenta de que detrás de las sonrisas había una envidia malsana por su belleza. Y que en el fondo sus amigas deseaban en secreto que le fueran mal las cosas, para así sentirse ellas menos mediocres.
Probó con mucha gente y con todos le pasaba lo mismo. Conoció a personas muy inteligentes; intelectuales gafapasta que trataban de impresionarla con sus conocimientos. Otros buscaban ganarsela con coches caros, restaurantes de moda y hoteles fantásticos. Pero cuanto más prometían mayor era su decepción cuando se daba cuenta de que todo era una fachada y que lo que había detrás era muy diferente.

       Poco a poco se fue volviendo solitaria. Su madre empezó a preocuparse y le recomendó visitar a un psicólogo. Le llevaron a uno con mucho renombre, que cobraba unos honorarios desorbitados, pero a la segunda cita Manuela se dio cuenta de que era un farsante, un impostor que simplemente sabía decir las palabras adecuadas en los momentos adecuados. Nunca regresó.

       En un banco del parque de Las Estaciones encontró una revista. Le gustó el nombre; lo había escuchado antes en alguna parte. Namasté. La abrió y la leyó entera. Quedó un buen rato sentada, pensando en lo que había leído. Y decidió acudir a un taller de meditación que anunciaba para esa misma tarde.
Allí conoció a gente muy tranquila, todo espíritu, todo paz. Al día siguiente salieron de excursión a Lluc para abrazarse a unos árboles centenarios y sentir su energía. Pensó que esa gente era como ella, que compartía tantas cosas con los árboles. Pero las visiones regresaron. Se dio cuenta de que detrás de esa gente había ego, afan por destacar, por ser más espirituales que el resto, y eso no le gustó. Además el dinero siempre estaba de por medio. No confiaba en los maestros que cobran por horas. Una nueva decepción.

       Se alejó de su familia porque ya era incapaz de aceptar el dinero que le daban, sabiendo de dónde procedía. Buscó trabajo, y no tuvo problemas para encontrarlo porque tenía mucha educación, era inteligente y sobre todo muy bonita.
Probó con empleos que cualquiera desearía tener, muy bien pagados, creativos y que le proporcionaban un gran estatus. Se hizo publicista, y al parecer era muy buena. Pero pronto volvió a tener visiones. Se dio cuenta de que detrás de su trabajo estaba la mentira y la manipulación. Vio que su arte iba destinado a hacer que personas que no tenían mucho dinero y que lo conseguían con esfuerzo y con trabajos penosos, compraran objetos que no necesitaban.

       Abandonó el trabajo y empezó a vagar sin rumbo fijo. Sabía que tenía un problema, pero no sabía cómo solucionarlo. No podía ser que todo en el mundo fuera feo y malo. Se negaba a aceptar que lo que aparentaba ser bonito siempre iba a tener un trasfondo perverso. Comenzó a pensar que el problema estaba en ella y que nunca lograría ser feliz.
Se fue aislando cada vez más. Se aficionó a la lectura y al arte. Le impresionaban determinados cuadros y se estremecía al sentir lo que cierta música le transmitía. Pero cuando conocía a las personas que habían creado esas obras no lo podía creer. Volvían a decepcionarla.

      Sólo disfrutaba cuando escapaba de la ciudad y pasaba semanas enteras en la sierra. La naturaleza no la decepcionaba, los animales eran sinceros, y también los árboles y las piedras. Pero no podía pasar su vida allí. En invierno hacía mucho frío y en el fondo ella necesitaba estar con otras personas. Por eso siempre acababa regresando a la ciudad.

      Una mañana, mientras caminaba por el parque de la Fuente del Berro, vio que bajo una piedra algo se movía. Pensó que se trataría de una lagartija o algún pequeño animalillo que estaba atrapado, y se acercó para liberarlo. La piedra era pesada y le costó bastante esfuerzo levantarla. Pero cuando lo consiguió se dio cuenta de que lo que allí había no era un animalillo, sino un hombre. Lo supo porque tenía dos brazos y dos piernas, como el resto de los hombres. Pero estaba tan sucio y lleno de barro que cualquiera lo hubiera confundido con otra cosa. Un Golem o algo así.
Manuela tuvo que cogerle en brazos, y le llevó a la fuente y le puso debajo del chorro. El hombre se dejó llevar, casi no se movía ni decía nada. Quien alguna vez haya estado en la Fuente del Berro sabrá que lo que llaman fuente es en realidad una cascada, y allí le pareció a Manuela que quien estaba bajo el agua era un Adán, hecho de barro, que iba librándose poco a poco de la corteza que le cubría.
Cuando el hombre quedó libre de lodo, Manuela trató de hablar con él. Le preguntó que quién era, que cómo se había metido debajo de esa piedra. Pero el hombre no abrió la boca. Solo la miraba. A los ojos. Y ella escuchó algo que no le llegó por los oídos, ya que el hombre no había hablado . En cambio no le cupo la menor duda de que eran sus palabras. LO QUE VES ES LO QUE SOY. Eso fue todo. Ni más ni menos. No había nada detrás, y eso bastó a Manuela para alegrarse, para agarrarlo de la mano y salir corriendo con él.


viernes, 17 de diciembre de 2010

LA CHABOLA ESTÁ EN EL HORNO

Disculpen las molestias.
Disculpen el retraso.
Sabemos que no pueden esperar más para escuchar una nueva entrega de La Chabola.
Tendrán que ser pacientes.
La tenemos en el horno.
Hemos llevado a cabo una deconstrucción de la radio.
Para quedarnos con su esencia.
Y luego volver a construirla.
Pero al hacerlo nos hemos dado cuenta.
De que nos falta una pieza.
Y no sabemos dónde se ha podido quedar.


Para que empecéis a salivar os dejamos un avance de lo que va a sonar en el programa.
GRINDERMAN!
No será ésta la canción que pongamos, pero hemos querido dejaros el video porque es sencillamente BRUTAL. Nick Cave acompañado de un grupo de vagabundos enloquecidos.
Disfruten del aperitivo!